John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

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37

En el Great Lost Bear, envuelto en el jolgorio de la música, la conversación y las risas, Dave Evans miraba el par de dados sobre la mesa. Como Floriana, la limpiadora, se había dado cuenta inmediatamente de su peculiaridad y dedujo que eran muy antiguos. Pensó que podrían ser de hueso, quizá de algún animal, quizá no. Independientemente de su origen, supo con absoluta certeza que sería poco juicioso tocarlos.
    —No suelo apostar —dijo Dave.
    El desconocido golpeteó la mesa con los dedos siguiendo una cadencia que solo él podía oír. Parpadeó con pesadez: los párpados se cerraron con lentitud y se abrieron con todavía más lentitud, como si las placas tarsales estuvieran hechas de plomo. Los ojos, húmedos, se alzaron hacia Dave.
    —No proponía que apostáramos, solo jugar —aclaró—. Si gana usted, puede hacerme una pregunta. Si yo gano, la pregunta la hago yo.
    Dave observó que la voz poseía una reverberación peculiar, una distorsión, como si dos personas vocalizaran a la vez, cada una con un timbre ligeramente distinto.
    —¿Qué puede perder —preguntó el desconocido—, aparte de algo de tiempo?
    Dave Evans llevaba en el negocio de la restauración casi toda su vida. Durante esos años había aprendido a identificar rápidamente la maldad, porque evitaba muchos problemas posteriores. Sabía que algunas personas intentaban disfrazar su iniquidad, mientras que otras ni siquiera sabían que la poseyeran, tan desconectados estaban de su propia naturaleza. Otros, a su vez, optaban por proclamar su maldad a los cuatro vientos, y a otros les era imposible ocultarla, como el color de la piel o el subir y bajar del pecho al respirar; si alguien hubiera examinado incluso la médula ósea de sus huesos, los habría declarado corruptos. Con hombres como esos (porque la mayoría eran hombres) era mejor evitar todo trato, toda conversación, pero, al enfrentarse a ellos, era imperioso no mostrar debilidad. Si estaban decididos a una confrontación, solo mostrar valor podía hacerlos reconsiderar.
    —No se lo tome a mal —respondió Dave—, pero no creo que usted sepa nada que yo necesite saber.
    El desconocido agarró los dados, los agitó en la mano derecha y los arrojó sobre la mesa. Ambos mostraban un seis.
    —Hace poco vino aquí un hombre —dijo—. Creo que estuvo implicado en una disputa. Se llama Raum Buker. Me gustaría conocerle. ¿Cree que en breve volverá a honrar su establecimiento con su presencia?
    —Creo que no me ha oído bien —dijo Dave.
    —Le he oído perfectamente, pero el hecho de que no esté familiarizado con las reglas no es excusa para no jugar. El juego continúa. El juego siempre continúa. Lo único que puede decidir es ser verdaderamente un jugador o solo una simple pieza del juego. —Volvió a lanzar los dados. Ambos volvieron a mostrar un seis—. ¿Acude a su local el señor Raum Buker a menudo desde su regreso? —preguntó.
    —Fuera.
    Agitar. Lanzar. Doble seis.
    —¿Sabe algo de sus mujeres?
    Dave estaba deseoso de echar de allí con sus propias manos a ese hombre, pero lo cierto era que, hasta el momento, se había limitado a hacer algunas preguntas. Inspiró profundamente. A su derecha, cerca, los hermanos Fulci se mantenían al acecho, porque los que causan problemas siempre se reconocen unos a otros.
    —¿Qué le parece esta idea? —preguntó Dave—. Podríamos sacarle a la fuerza de esa silla y depositarle en el aparcamiento, pero sería poco digno para usted y una molestia para nuestros clientes.
    —¿O? —Los dados estaban de vuelta en la mano por cuarta vez.
    —O podemos dejar que lo resuelva la policía —terminó Dave—. De hecho, es posible que haya algunos policías aquí esta noche, será un placer presentárselos, si quiere. Pero creo que preferirá decantarse por la tercera opción, que es salir caminando y no volver a aparecer por mi bar.
    El desconocido dejó rodar con descuido los dados por la palma de la mano durante uno o dos segundos antes de metérselos en un bolsillo de la chaqueta.
    —Es una jugada audaz —dijo—. Espero que no llegue a lamentarlo.
    Apuró la bebida y metió el vaso vacío en el mismo bolsillo deforme en que se había guardado los dados. Por último, colocó un billete de dólar bajo el tapete.
    —Por su tiempo —dijo, y se fue dejando un rastro de olor a rosas.
Los Fulci siguieron sus movimientos con expresión seria.
    Una de las camareras se acercó para limpiar la mesa.
    —¡Qué idiota! —exclamó.
Se dispuso a desechar la ampolla vacía, pero Dave la detuvo.
    —Me guardaré eso —dijo.
    La camarera se encogió de hombros y se la dio antes de agarrar el billete de dólar.
    —También veo que es generoso con las propinas —protestó al ver el dólar, antes de examinar el billete más de cerca—. Vaya, ¿es de verdad?
    Dave lo tomó. Era un antiguo certificado de plata Blue Seal en perfecto estado, del tipo que había dejado de producirse a finales de los 1950. La fecha de la serie era de 1923.
    —Es auténtico —explicó—. Solo es antiguo. Es posible que valga algo; deberías preguntar por ahí —añadió, y devolvió el billete a la camarera.
    —Quizá me he equivocado al juzgarlo —comentó ella.
    —En absoluto —replicó Dave, mirando hacia la puerta—. Creo que has dado en el clavo.