John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

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38

Eleanor Towle se cruzó de brazos y esperó mi respuesta. Para ser un tipo en el que yo veía muy pocas cualidades positivas, Raum Buker tenía mucho éxito entre las mujeres de una cierta edad. Ese hombre debería haber publicado un libro con sus conquistas.
    No veía cómo abordar con delicadeza el tema, así que decidí tirarme de cabeza.
    —¿Desde cuándo lo conocía, antes de...?
    —¿... acostarme con él? —terminó—. He creído que debía ahorrarle la molestia de terminar la pregunta, le he visto muy incómodo. Por cierto, ¿me ha parecido oír un cierto tonillo de moralina?
    —Digamos sencillamente que no acabo de comprender por qué es tan atractivo.
    —Me acosté con él —dijo Eleanor—. No dije que fuera a casarme con él. De todos modos, me dijo que tenía una mujer en Maine.
    —En realidad —la corregí—, tiene dos mujeres en Maine.
    —Menudo chivato... ¿Son las que le preocupan?
    —Efectivamente. ¿Mencionó el nombre de la mujer?
    —Solo el apellido: Strange. Pensó que me parecería gracioso.
    —¿Y se lo pareció?
    —Puede que me hubiera parecido más gracioso si me lo hubiera dicho antes de que nos acostáramos.
    —Seguro que se le pasó por alto.
    —Ya. Supongo que los cerebros de los tíos tienen ese defecto. De todos modos, Egon y él estaban celebrando algo, yo me uní y una cosa llevó a la otra. Últimamente no tengo mucho que celebrar, con lo de la muerte de mi madre y demás, así que agradecí la distracción. En cuanto a acostarme con Raum, llevaba ocho años sin acostarme con alguien. No es que me acosen los pretendientes, precisamente. A veces una toma lo que se puede y lo agradece.
    —¿Cómo terminó aquí?
    —Egon lo trajo. Era la primera vez que veía a Raum, aunque Egon me había hablado de él durante mis visitas a la cárcel. Se habían vuelto muy amigos..., no de aquella manera. Bueno, supongo que todo lo que tiene que ver con Egon es de aquella manera, pero ya me entiende.
    —No eran amantes.
    —No. No tenían casi nada en común, aparte de tener los dos problemas con la ley, pero se llevaban bien. Más tarde, después de acostarnos, Raum me dijo que Egon había conseguido que también él se interesara en el ocultismo. De hecho, me pareció que Raum estaba aún más interesado que mi hermano. Después de todo, Egon nunca se tatuó nada. Es demasiado conservador para eso.
    —Dijo que estaban de celebración —dije—. ¿Sabe qué celebraban?
    —Supongo que, fuera lo que fuera lo que planearon juntos, la cosa había tenido éxito.
    Desvió la mirada, pero yo no iba a dejarla escabullirse con tanta facilidad.
    —¿Supone?
    —De acuerdo, lo sé. ¿Mejor?
    —Ya se lo he dicho: no soy policía.
    —Quizá no, pero tiene aspecto de policía.
    —Un día lo fui.
    —¿Dónde?
    —En Nueva York.
    —¿Pilló la jubilación anticipada?
    —Muy anticipada.
    —No quiere hablar de eso, ¿eh?
    —No demasiado.
    —Ahora sabe cómo me siento.
    —Touché. Volvamos a la celebración.
    Se frotó los labios con la mano derecha, incómoda.
    —Dios —dijo—, ojalá todavía fumara.
    Yo esperé.
    —Era un asunto de monedas, o relacionado con ellas —continuó—. Tratándose de Egon, ¿qué otra cosa iba a ser? Hacía tiempo que mi hermano había oído hablar de un tipo. Se suponía que era un coleccionista de prestigio, un numismático, pero que vivía recluido, y se decía que compraba exclusivamente del extranjero, unas veces en persona y otras por mediación de agentes o en subastas a distancia. Eran siempre piezas antiquísimas: griegas, romanas, persas, chinas... No se limitaba a comprar. También robaba, y se rumoreaba que era capaz de todo, también de infligir todo tipo de daños con tal de obtener lo que quería, por lo que su colección era la más valiosa de toda Norteamérica. Era como una leyenda en el sector, pero una leyenda terrible, un hombre del saco, aunque muchos coleccionistas se reían de las historias que corrían sobre él. Esos rumores llevaban decenios en circulación, y algunos vendedores recordaban que sus padres, e incluso sus abuelos, habían oído hablar de ese individuo. Era un cuento de miedo para las noches de invierno, supongo. Durante mucho tiempo Egon, como el resto, dudó de su existencia, hasta que empezó a investigar y supo que ese hombre era de carne y hueso.
    —¿Cómo lo hizo? —pregunté.
    —Porque tenían intereses en común, Egon y este tipo: ya sabe, lo oculto y esas cosas. El caso es que, después de salir de East Jersey, Egon le tendió una trampa.  Echó el anzuelo a través de un vendedor en París: una moneda india muy antigua, cuya procedencia se relacionaba con Alamelamma, la mujer de un gobernante indio que suicidó tirándose por un acantilado allá por el siglo xvii, no sin antes maldecir a los reyes de Mysore.
    No pude evitar alzar una ceja.
    —Lo sé —dijo Eleanor—. He vivido tantos años con Egon que algo tenía que pegárseme. Así que el pez picó y Egon realizó el seguimiento de la entrega. La moneda acabó en un apartado postal de Castorville, en Nueva York, en una zona muy remota. Después, no hubo más que gastar algo de dinero para averiguar de quién era el apartado postal. Para cuando Raum salió la cárcel, Egon ya había fraguado un plan. Raum y él dieron el golpe una semana más tarde y eso era lo que celebraban la noche que me acosté con Raum. Habían vencido al hombre del saco y le habían robado su tesoro, como en un cuento de hadas.
    —¿Y tiene nombre ese hombre del saco? —pregunté.
    —Utiliza varios pseudónimos —dijo Eleanor—, pero uno de ellos con más frecuencia que otros. —Ya no sonreía, y su mirada se deslizó hasta posarse sobre la pistola en la consola—. La mayor parte de las veces —añadió— se hace llamar Kepler.