John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

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39

Eleanor Towle tiró el café frío al fregadero y lavó las tazas. La sorprendí observando mi reflejo en el cristal de la ventana de la cocina y sopesándome. Si su hermano se parecía siquiera un poco a ella, sería un adversario formidable independientemente de sus excentricidades. Ella era una mujer interesante.
    Por supuesto, también era una mentirosa, aunque fuera por omisión, pero nadie es perfecto.
    Mientras ella trajinaba ante el fregadero, continué escuchando con atención; llevaba haciéndolo desde que había entrado en su casa. Es más difícil de lo que se cree mantenerse totalmente inmóvil y en silencio, especialmente si se está intentando seguir una conversación, pero no había captado ningún signo de que en la vivienda hubiera otro ocupante. Eleanor Towle parecía estar sola.
    —¿Cómo se gana la vida, señora Towle?
    —Soy camarera en el Phil’s —respondió. Phil’s era un asador en la Ruta 16. Había pasado una valla publicitaria con su nombre de camino a la casa de Towle. El cartel rezaba Date un festín en el Phil’s!, una rima tan mala como el establecimiento.
    —¿Le gusta?
    —¿Usted qué cree?
    —No tengo ni idea, por eso le he preguntado.
    Posó los vasos del revés para que se secaran, se enjugó las manos con un trapo y se volvió para mirarme con los brazos cruzados.
    —No, no me gusta —respondió—, pero es un trabajo, las propinas no están mal y fueron muy comprensivos durante la enfermedad de mi madre.
    —¿Va a seguir trabajando ahí ahora que ha muerto?
    —No lo he decidido. Egon y yo hemos hablado de vender la casa. Me gustaría irme lejos de aquí. Ossipee no me ha traído suerte en la vida, y Egon tampoco.
    Si vendían la casa y se dividían las ganancias a la mitad, supuse que les quedarían cien mil dólares para cada uno, más o menos. No era mucho, y menos aún si pensaba comenzar de nuevo en otra parte.
    —¿Qué le robaron exactamente su hermano y Raum Buker a ese tal Kepler? —pregunté.
    —Monedas, ya se lo he dicho.
    —¿Solo monedas?
Suspiró.
—No, no «solo» monedas.
    —No le sigo.
    —La mayoría eran monedas, o lo que usted y yo entenderíamos como monedas. Ya sabe: de oro o plata, romanas o griegas, el tipo de monedas que se encuentran detrás de una vitrina como parte de una colección, pero una de ellas era distinta.
    —¿Qué le pasaba?
    Se balanceó, incómoda. Ahora nos acercábamos a la verdad, o a una de sus versiones.
    —Era celta —dijo—, hecha de potín, de la época antes de Cristo. Descubrieron la moneda en Essex, pero podría haber venido de otro lugar de las Islas Británicas, o incluso es posible que no la hubieran acuñado ahí. Es difícil de decir, porque no se parece a nada de esa época o de ese lugar.
    —¿Qué es el potín?
    —Es una aleación de bronce y estaño.
    —¿Valiosa?
    —Para un museo o un coleccionista, claro. Pero esa moneda era especial, o eso dijo Egon, aunque a mí no me lo pareció, al menos al principio.
    —¿La vio?
    —Sí —contestó, pero su voz delataba inquietud.
    —¿Qué tenía de raro?
    Volvió a suspirar profundamente, sobre todo para ganar tiempo, mientras debatía consigo misma qué me contaría y que no. Solo podía tener dos motivos para eludir mis preguntas: o tenía miedo, o quería despistarme. Pensé que la primera opción era más probable, pero no descartaba por completo la segunda.
    —A ver... —respondió—. Las primeras monedas británicas están bastante estandarizadas. Por lo que me dijo Egon, se basan en los estáteros de oro y plata que introdujeron en las Islas Británicas los comerciantes de la Galia, porque se imita lo que se ve, ¿entiende? Por eso las primeras monedas británicas representan a Felipe de Macedonia en una cara y a un auriga en la otra. Pero, a medida que pasa el tiempo, se ve que las monedas se van diferenciando con imágenes de criaturas reales e imaginarias. Es posible que el chamán o jefe local fume algo y tenga una visión, y que quiera que eso sea lo que se muestre en las monedas. Las vuelve interesantes; incluso, en ocasiones, únicas.
    —¿Y qué mostraba la moneda que Egon le enseñó? —pregunté.
    —Una bestia —respondió—. No. Un demonio.