John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

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Kepler abandonó la habitación del motel situado junto al centro comercial. Ya había permanecido demasiado tiempo allí, pero había comenzado a cansarse y quedarse en un sitio le resultaba más fácil que andar moviéndose, al menos físicamente. Por la noche, sin embargo, su espíritu, o una versión envenenada de este que ya no era completamente suya, optaba por vagabundear. La entidad que habitaba en su interior empezaba a hastiarse, llevaba ya muchos años en su compañía. Kepler se dijo que probablemente casi se sentiría feliz de verle morir.
    Raum Buker no había vuelto al Braycott Arms, y eso le preocupaba. Quizá una de las mujeres Strange sabía dónde estaba, pero Kepler era reacio a acercárseles; no lo haría, salvo que no le quedara otra opción. Eso implicaba infligirles daño, y por lo tanto llamaría la atención. Ya se había visto obligado a dejar un muerto atrás y, en última instancia, probablemente se vería obligado a matar también a Buker, porque amenazarle con las runas en el espejo y en la puerta de Ambar Strange no había dado resultado alguno.
    En un mundo ideal, Buker se habría dado cuenta de su error y habría devuelto lo que no le pertenecía, pero en un mundo ideal no habría hombres tan avariciosos como él ni tan obsesionados como Egon Towle. Buker intentaba ganar tiempo, porque sabía que a Kepler se le acababa y que no tenía más que mantenerse fuera de su alcance hasta que llegara el momento. Por eso, según pasaban los días era más probable que a Kepler no le quedara ninguna otra opción que ir a por una o a por ambas hermanas Strange y confiar en la posibilidad de que Buker conservara cierto afecto por ellas y que deseara que no les ocurriera nada malo.
    Tal vez visitar el Great Lost Bear había sido desacertado, admitió Kepler, pero en ocasiones daba resultado enturbiar un poco las aguas. Cuanto más se acercaba a Raum Buker, más probable era que a este le entrara el pánico, motivo por el cual Kepler también había dejado un recordatorio más contundente de su presencia en la casa de Dolors Strange. Por último, había vuelto a visitar al encargado de la recepción del Braycott Arms, ese imbécil que tenía una fijación con las películas del Oeste, solo por si Buker decidía volver allí a recoger sus cosas. Kepler había complementado el dinero que le soltó con una amenaza más, solo para asegurarse de que Wadlin comprendía su obligación. Como gesto de buena voluntad, este le había revelado que un investigador privado llamado Parker también había estado preguntando por Raum Buker. A Kepler no le preocupaba eso, incluso después de que le hubieran hablado un poco de su reputación. Kepler había vivido demasiado y había enterrado a demasiados curiosos para preocuparse por esta última encarnación de ese tipo de gente.
    El nuevo motel no era mucho mejor que el anterior, pero las habitaciones eran ligeramente más amplias y se encontraba más alejado del bullicio. En la quietud del baño, Kepler se desnudó y se bañó con extremo cuidado. Cada día que pasaba aumentaba su dolor: incluso sentía como si estuvieran lijándole la piel cada vez que pasaba la esponja, pero le gustaba mantenerse limpio. Cuando terminó, se echó algo de colonia. El frasco estaba casi vacío, pero echarse agua de colonia era más un hábito que una necesidad. Llevaba tanto tiempo usándola que el olor impregnaba por completo su cuerpo y exudaba el aroma a agua de rosas y almizcle por los poros.
    Por último, Kepler se alzó de pie ante el espejo de cuerpo entero de la puerta, que reflejó los tatuajes rúnicos del cuerpo como la manifestación patente de los errores de su vida.
    Y, mientras miraba, algo se le removió por debajo de la piel.


Will Quinn llamó a la puerta de la casa de Dolors Strange sin recibir respuesta. Antes se había acercado a Strange Brews, pero en la cafetería no habían visto a Dolors desde la víspera, cuando se había marchado pronto alegando que se sentía enferma. De acuerdo con Faitha, la ayudante del gerente, Dolors había llamado por teléfono esa mañana para decir que todavía no se sentía muy bien y que se quedaría otro día en casa. Y ahí estaba ahora Will, con un ramo de flores en la mano, y se había encontrado con que el coche no estaba en la entrada y la casa estaba vacía. Y Dolors no le respondía al móvil.
    Will miró sombrío el ramo de flores. No era una compra barata de gasolinera, sino un ramo de flores como Dios manda que había comprado en Sawyer & Company, en la calle Congress, y hasta tenía un lazo. Y allí, de pie ante la puerta, sin nadie que aceptara su regalo, se sintió como un bobo, o como un niño crecido al que le dejan plantado la noche de su graduación. Pensó dejar las flores por dentro de la puerta mosquitera, pero le pareció que quizá se aplastarían. Sabía que Dolors tenía algunas macetas grandes al lado de la puerta trasera de la casa, la que daba a la cocina. Estaban vacías en ese momento, dada la estación del año, y se le ocurrió que podía dejar el ramo en una de ellas, para que las flores no se estropearan ni se las llevara el viento.
    Will se dirigió a la parte trasera de la casa y, cuando llegó, se detuvo en seco. Vio el cuerpo de una ardilla clavado a la puerta, con la tripa abierta y los intestinos en el peldaño. La sangre se había usado para dejar una marca en la madera.

 

    Will Quinn dejó caer las flores e hizo una llamada.