John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

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Estaba oscureciendo, así que Eleanor Towle encendió una lámpara sobre la mesa de la cocina. El antiguo sistema de calefacción se había puesto en marcha, gorgoteando y silbando, y ahora la casa sonaba como si estuviera sufriendo una indigestión. Sentí cómo vibraba mi teléfono móvil, pero no miré el número. Quienquiera que fuera, podía esperar.
    —Así que las marcas de las monedas eran poco habituales —dije—. ¿Les daba más valor?
    Eleanor apoyó la barbilla en las manos.
    —Hace muchas preguntas —dijo.
    —Para eso he venido.
    —No parece muy justo. Usted pregunta y yo respondo; es como un interrogatorio.
    —Señora Towle, no creo que me esté diciendo nada que no quiera compartir.
    —¿Y por qué iba a hacer eso?
    —Porque está preocupada.
    —¿Por qué?
    —Por su seguridad —respondí—, y probablemente también por la de Egon. No puede usted llamar a la policía, por lo que ha hecho su hermano, y no creo que se le haya pasado por la cabeza llamar a un investigador privado, porque, ¿qué más hay que investigar aparte del robo de su hermano? Ha calculado que es probable que mi implicación resulte más de ayuda que una molestia, y ha apostado por esa posibilidad, pero cada vez que hago una pregunta puedo ver cómo se lo piensa uno o dos segundos antes de responder.
    —Eso es porque estoy confiando mucho en usted.
    —Y está callándose mucho también.
    —Es usted muy desconfiado. ¿Está casado?
    —No.
    —Me sorprende. Pensaba que solo la gente casada desconfiaba tanto del sexo opuesto. ¿Ha estado casado en alguna ocasión?
    —Sí.
    —¿Qué pasó?
    —Murió.
    —Lo siento. ¿Tiene hijos?
    —Sí; para ser más exactos, uno.
    Dos, pero no era asunto suyo.
    —¿Niño o niña?
    —Niña. Me estaba hablando de la moneda.
    —Es verdad —Levantó la cabeza y se frotó con el pulgar la palma de la mano derecha—. La tuve en la mano, ¿sabe?, aunque solo un momento. No me gustó en absoluto.
    —¿Por qué?
    Levantó la mano derecha para mostrarme la palma de la mano. En la piel se veían pequeñas ampollas blancas, incluso a la tenue luz de la lámpara.
    —No puedo librarme de ellas —dijo— y pican muchísimo. Creo que tendré que ir al médico, pero ¿qué le digo?, ¿que agarré una moneda antigua un par de segundos antes de dejarla caer al suelo?, ¿que vi algo durante esos segundos, algo que se parecía a lo que estaba acuñado en la moneda y que después me salieron ampollas en la piel?, ¿que ahora tengo pesadillas sobre infecciones y enfermedades, sobre cómo estallan las pústulas y de las heridas emergen gusanos blancos?
    Cerró la mano y la puso sobre el regazo.
    —¿Qué es esa moneda, señora Towle? ¿Por qué es tan importante?
    —Es posible que no haya sido siempre una moneda —explicó—. Egon cree que puede haber tenido alguna otra forma en algún momento, quizá una estatuilla, pero que terminó hecha potín antes de convertirse en moneda. Realmente no importa. La forma puede cambiar, pero su naturaleza es inmutable. Es la enfermedad y el remedio. Es una toxina y su antitoxina, todo en uno. No es la moneda lo que importa, sino lo que se supone que se compra con ella.
    —¿Y qué se compra con ella?
    —Vida —respondió—, se compra la prolongación de la vida. Porque la moneda mantiene alejada a la muerte.
    —¿La vida eterna?
    —Suena bastante escéptico.
    —¿Debería sonar de otra forma?
    —Por supuesto que no. Nada es eterno. Incluso Dios se desvanecerá cuando no haya nadie para pronunciar su nombre. Llámelo una prolongación, entonces: años, decenios. Eso bastaría para algunos. Sé de gente que vendería su alma por solo un día más de vida. —Se detuvo—. Mi madre no lo hubiera hecho, pero yo hubiera vendido mi alma por un día más con ella...
    Mantuvo la mirada fija en la mesa, como una mujer que contempla una plácida laguna oscura intentando medir la profundidad de su remordimiento.
    —Me parece que se acerca un «pero» —dije.
    —¿No hay siempre uno? Pensé que cuando tuviera mi edad ya estaría casada, pero no lo estoy. Pensé que iba a ser madre, pero no ha ocurrido. Quería que mi madre siguiera viviendo, pero murió. La vida está escrita después del «pero». El resto es solo lo que podría haber ocurrido. —Se pasó la mano por los ojos, aunque solo se le habían humedecido ligeramente—. Soy una idiota —dijo—. Raum Buker aparece por aquí y me lo llevo a la cama. Usted llega a mi puerta y le cuento mi vida. Malditos sean los hombres, estoy mejor sola.
    No iba a contradecirla, y cualquier encuesta que se hiciera a las mujeres probablemente hubiera confirmado su afirmación. En general, los hombres eran malos representantes de su sexo, pero Raum Buker más que la mayoría.
    —La moneda es su propio precio —dijo Eleanor—, o eso me dijo Egon, porque ese es el mito que la rodea. La moneda infecta, pero también mantiene a raya las consecuencias de la infección. Corrompe, pero si conservas la moneda, sigues con vida. Si la pierdes, es tu perdición. El tiempo comienza a correr y la contaminación empieza a hacerse patente. Entre tanto, comienza una nueva infección, de modo que sea lo que sea que se conserva en ese trozo de metal pueda encontrar otro huésped. Si la moneda no cae en ninguna mano, la presencia duerme y espera hasta que vuelvan a descubrirla.
    »Ese es el motivo por el que Raum y mi hermano escogieron a Kepler; porque, aunque fuera solo un mito o solo una invención, sigue habiendo hombres que pagarían una fortuna por esa moneda debido a su historia. No me malinterprete: Egon y Raum le robaron otras cosas a Kepler y ya se han librado de algunas de ellas, pero el verdadero trofeo es ese trozo de potín. El problema es que nadie va a querer comprarlo mientras Kepler siga buscándolo, porque ¿quién quiere morir por una moneda?
    Tamborileó sobre la mesa con un dedo y la lámpara reflejó el brillo de sus ojos.
    —Pero tan pronto como Kepler exhale su último aliento —añadió—, comienza la subasta.