John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

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10


Un día más tarde, me encontré con Will Quinn en el Two Lights, en Cape Elizabeth. El restaurante Lobster Shack, situado sobre el acantilado, continuaba cerrado y, debido al viento procedente del mar, había poca gente alrededor que pudiera fijarse en nosotros. Los que habían elegido pasear cerca del faro mantenían la cabeza baja, lo que era incluso mejor. Para ayudar a aliviar el frío, me había traído café para los dos del C Salt Gourmet Market. 
Conocía a Will por haberlo visto por ahí y, siempre que nos encontrábamos, nos saludábamos o manteníamos una breve conversación. Dirigía una maderera en York: cicutas aserradas en bloques y pino secado al horno, en su mayor parte, con un negocio secundario de aserradero a medida, aunque se aplicaba una multa si la hoja tropezaba con algo de metal. Llevaba siempre la ropa cubierta de una fina capa de serrín y andaba con restos de este en la piel y en el pelo. Creo que le gustaba que fuera así, y un hombre podía oler a peores cosas que a madera.
No tengo oficina, igual que no tengo secretaria. Conservo todos mis archivos y las notas de los casos en mi casa, y los documentos más antiguos, en un trastero. Mi teléfono móvil hace las veces de contestador y nunca acepto más trabajo del que puedo ocuparme cómodamente. La casa en la que vivo es mía, tengo algo de dinero en el banco y cada mes el FBI me paga una cantidad fija (para eso sirve el dinero de los impuestos), lo cual me da un margen de libertad que otros en mi profesión envidiarían, si supieran que existe. La cantidad mensual que pagan por lo que se describe, de manera muy vaga, como «servicios de consultoría» implica ciertas ataduras, claro, pero son bastante elásticas. Cierto es que me había visto obligado a cortar una o dos de esas ataduras en el pasado, pero solo cuando no me había quedado más remedio. Y cuando lo he hecho, el agente especial al mando SAC Edgar Ross, que es el responsable de administrar ese dinero mensual, ha llegado a gritarme, pero prefiero pensar que es porque le importo demasiado. O digamos que me gustaría pensar eso, pero sé que no es verdad.
Cuando tengo que tratar en privado con mis clientes, lo hago en sus casas o, si eso no es posible, en terreno neutral y tranquilo. El Bear suele ir muy bien para eso por la mañana temprano, antes las once y media de la mañana, que es cuando abren al público, pero me he sentado para consultas de posibles clientes en cafés, en almacenes de librerías e, incluso, en uno de los teatros vacíos en el Nickelodeon. Debido a algunos de los casos en los que me he visto implicado, mi cara es más conocida de lo que me gustaría. Si alguien le ve a usted hablando conmigo, significa que es probable que usted, o alguien al que usted conoce, esté metido en algún lío.
Pero a menudo ayuda encontrarme con mis clientes en el exterior y hablar mientras caminamos. Es menos formal y agobiante, y da libertad a las personas para que compartan lo que necesiten. Ni siquiera se ven obligados a mirarme a la cara, si no quieren: no tienen más que descargar sus penas y yo les escucharé. En ese sentido, se parece mucho al silencio del confesionario, si dejamos aparte mis honorarios, y he renunciado a tantos que mi contable tiene pesadillas.
El Two Lights había sido una sugerencia de Will. Ya me esperaba cuando llegué; estaba de pie al lado del Lobster Shack, viendo cómo rompían las olas contra las rocas, como un personaje de un cuadro romántico del siglo xix, suponiendo que esos artistas sintieran predilección por los modelos con ropa de leñador a cuadros. Era un hombre pequeño, con barba, de unos cincuenta años; soltero, sin hijos. Siempre me había parecido tímido, incluso ligeramente ingenuo, como si siguiera sin entender las crueldades ocasionales del mundo.
Le pasé el café, junto con una cucharilla de plástico y un par de sobrecillos de azúcar, por si lo quería. Echó al café el contenido de los dos sobres de azúcar mientras caminábamos hablando del tiempo y de su negocio. Se interesó por Rachel y Sam. Le dije que estaban bien y que Vermont no les sentaba mal. Rachel y yo ya no estábamos juntos, pero ambos adorábamos a nuestra hija y no habíamos perdido el afecto que sentíamos el uno por el otro. La mayoría de nuestras dificultades quedaban ahora en el pasado.
Transcurridos cinco minutos, Will se dispuso a explicar el motivo por el que me había citado ahí.
—¿Conoces a Raum Buker? —preguntó.
—Sí, le conozco.
—¿Es amigo tuyo?
—Todavía no he tocado fondo, así que va a ser que no.
—Eso me han dicho. Solo quería asegurarme antes de continuar. —Dio otro sorbo al café—. Suelo tomarlo con más azúcar —se quejó.
—Puedo volver a por más, pero tendría que cobrarte el tiempo.
—Sobreviviré.
—Suponía que dirías eso. ¿Qué problema tienes con Raum?
—Estoy saliendo con alguien —comenzó Will—. Una mujer —añadió, por si fuera necesaria aclararlo—. Me gusta mucho.
—Eso está bien —dije, aunque supuse que eso no era todo, o no habríamos estado manteniendo esta conversación.
—Sí, estuvo bien hasta que apareció Raum Buker —aseguró Will con un suspiro—, porque la mujer es Dolors Strange.

 

11

No sé por qué me sorprendió saber que Will Quinn y Dolors Strange podían ser pareja. Quizá porque Will parecía un candidato poco probable a compartir sus afectos con la misma mujer que Raum Buker y, de manera más pertinente, que sus atenciones se hubieran sido bien recibidas. Fue como enterarse de que a alguien le gusta escuchar música death metal y a Philip Glass a la vez.
—¿Cuánto tiempo lleváis? —pregunté.
—¿Dolors y yo? Unos cuatro meses. Empezó cuando pasó por mi empresa para recoger un poco de corteza para mantillo para su jardín.
Algo que, adiviné, podía parecer adorable en el negocio de la madera.
—¿Te habló alguna vez de su época con Raum? —pregunté.
—Ni siquiera sabía que solía estar con él hasta que apareció por la ciudad. Llevo una vida tranquila, quizá demasiado tranquila. Debería salir más.
—No te flageles por eso —le dije—. El tiempo que uno pasa ignorando la existencia de Raum Buker nunca es tiempo perdido. Pero tengo que preguntarte: ¿por qué me cuentas esto?
—Porque a ella no le conviene y porque creo que le tiene miedo.
—¿Te lo ha dicho ella?
—Más o menos, justo antes de decirme que teníamos que dejar de venos durante un tiempo.
Podía haber sido el viento, pero se le humedecieron los ojos. Se los limpió con la manga de la chaqueta.
—Esa brisa corta la cara, ¿verdad? —disimulé.
—«Viento del este, lluvia como peste...»  —recitó Will—. Mi madre solía decirlo. No recuerdo el resto, pero esa parte sobre el viento del este se me quedó grabada para siempre. Ahora que lo pienso, no creo que me dijera más que eso. La quería mucho, pero nunca tuvo en la mano un vaso que no estuviera medio vacío.
Cerca, un gavión atlántico de gran tamaño se posó en una roca y apuñaló con su pico la parte blanda de un cangrejo. La fuerza del impacto envió al cangrejo dando botes rocas abajo, y el gavión le siguió. La visión no sirvió en absoluto para relajar el ambiente.
—¿Te dijo Dolors por qué quería alejarse de ti? —pregunté.
—Claro. Por Raum. —Me miró como si solo un idiota necesitara que se lo explicaran, y quizá pensó que se había equivocado al acudir a mí en su momento de tribulación.
—A lo que me refiero es: ¿era porque quería volver a estar con él, o porque tenía miedo de lo que podría suceder si te pillaba calentándote los pies a su lado?
Will reflexionó.
—Ninguna de las opciones es muy halagüeña, ¿verdad?
—No se trata de dorarte la píldora, Will. Además, todo lo que digas quedará entre nosotros.
Suspiró.
—Creía que le gustaba. Me gustaría pensar que todavía es así. Incluso estaba pensando en..., ya sabes...
—¿Matrimonio?
La palabra me surgió cargada de más incredulidad de lo que pretendía y Will no tuvo más remedio que darse cuenta.
—Es una buena mujer —me reprochó—, cuando se la conoce.
Me disculpé. 
—¿Así que es la segunda opción? Crees que está intentando protegerte.
—Una opción que sigue sin halagarme, de todos modos. Me gustaría ir a por Raum Buker con una barra de acero, pero ¿de qué me serviría? No soy ningún luchador. Terminaría como ese pobre cangrejo.
El gavión había recuperado su desayuno y estaba deleitándose con una de las patas del cangrejo, cuyo resto del cuerpo se balanceaba inerme en el aire. Esperaba que el cangrejo estuviera muerto. No era como si el mundo estuviera falto de dolor y sufrimiento. El gavión ajustó su agarre, lanzó al cangrejo al aire, y volvió a agarrarlo. Oí cómo se partía la concha. La mitad del cuerpo del cangrejo cayó al suelo y con eso terminaron las dudas.
—No si lo golpeas por detrás —le sugerí.
—Tampoco puedo hacer eso. De todos modos, con mi suerte probablemente no le daría de pleno.
No me importaba hablar con Will Quinn ni prestarle un hombro donde llorar, pero no veía cómo podían ser asunto mío sus dificultades amorosas.
—Soy investigador privado, Will, no consejero matrimonial. No puedo hacer mucho por ti en ese aspecto.
Will se volvió para mirarme a la cara.
—Pero no es solo un problema de relaciones —afirmó—. También es un problema de lo oculto.

12

Will Quinn era un buen cristiano. Iba a la iglesia episcopal de St. George todos los domingos y, en Navidad, su empresa entregaba generosas donaciones a las organizaciones filantrópicas. No estaba seguro de cuál sería su experiencia con lo oculto, pero estaba dispuesto a apostar una buena cantidad a que era bastante pequeña y se limitaba a películas para adultos que le impedían conciliar el sueño.
—¿Has visto a Buker desde que ha vuelto? —quiso saber Will.
—Nos encontramos en una ocasión. No pensaba volver a encontrármelo.
—¿Le viste el tatuaje del brazo?
—Sí. Era un pentáculo.
—Sé lo que es —dijo Will—. Lo he buscado en internet. Es un símbolo oculto. Se usa para invocar a los espíritus.
Lo mejor de Internet es que es fácilmente accesible y está a disposición de la mayoría de la gente. Lo peor de Internet, por otra parte, es que es fácilmente accesible y está a disposición de la mayoría de la gente. Técnicamente, lo que había leído Will era verdad, pero, en un plano más benigno, el pentáculo también simbolizaba el ciclo de la vida y las conexiones entre los cinco elementos. Se lo comenté.
—¿Crees que Raum Buker se hizo un tatuaje porque está ligado con el ciclo de la vida? —respondió Will—. Dijiste que lo habías visto, ¿no?
No le faltaba razón. Raum no me dio la impresión de ser un tipo al que le va lo del ciclo de la vida, y la única ocasión en la que podría utilizarse la palabra «benigno» en relación con él sería si le aparecía un tumor.
—Will, la mitad de los gilipollas que van a la cárcel salen con algún tatuaje. ¿Sabes la cantidad de esvásticas al revés que he visto en las espaldas de exconvictos? La mayoría son demasiado bobos para saberlo. Solo se las ven en el espejo, así que creen que están correctas.
—Esto no es una esvástica —dijo Will—, y Buker será muchas cosas, pero bobo no es una de ellas. Incluso Dolors dice que lo encuentra cambiado. Me preocupa su seguridad.
—Cambiado..., ¿en qué sentido?
—Se enfada más a menudo, es más cruel. Le dijo a Dolors que le costaba dormir. Y...
Dudó en proseguir.
—Continúa —dije.
—Y Raum huele como si estuviera quemándose.


Me quedé mirando como Will Quinn se alejaba en coche. Si bien no estaba totalmente satisfecho, se marchaba sintiéndose un poco menos desgraciado que cuando llegó. En contra de mi propia opinión, había aceptado hablar con Dolors Strange acerca de Raum Buker. Will había insistido en pagarme mi tiempo y yo había aceptado cobrar por horas, sin anticipos. En realidad, no pensaba cobrarle más que lo que tardara en llegar hasta el negocio de Dolors Strange, oírla mandarme a freír espárragos, encontrar otro lugar donde comprarme un café e irme directo a casa. 
Antes de que se marchara, pregunté a Will acerca de la relación entre Dolors y su hermana, Ambar.
—Es mejor de lo que solía ser —contestó—. Su madre murió hace un año, el pasado marzo, y les hizo darse cuenta de que solo se tenían la una a la otra. También ayudó que Buker ya no anduviera por aquí.
—¿Y ahora que está de vuelta?
—Creo que quiere que las cosas vuelvan a ser como antes.
Pareció avergonzado por lo que esto implicaba. No podía culparle por ello.
—¿Y qué opinan de eso las hermanas Strange? —pregunté.
—Dolors dice que no quiere volver a verle en la vida y que no debería preocuparme por esto. Dice que no va a haber nada entre ellos.
—¿Y Ambar?
—Según Dolors —dijo Quinn—, Ambar es de la misma opinión.
—Entonces, ¿por qué estaban las dos con Raum en la bolera de Westbrook hace un par de noches?
Will se encogió de hombros, resignado. 
—Realmente no tengo ni idea.

13

El café que regentaba Dolors Strange se llamaba, obviamente, Strange Brews. Nunca había entrado, porque no quería tomar café ni comer nada de repostería preparado por nadie que hubiera tenido conocimiento carnal de Raum Buker. En su interior, haciendo gala de su nombre, Strange Brews estaba decorado como el local de una pitonisa, lleno de cortinas rojas y cojines a punto de estallar, con cristales, inciensos, aceites, velas y libros New Age a la venta junto a pastelitos, galletas y donuts. De las paredes colgaba ese tipo de cuadros e ilustraciones que las personas que soñaban en tener algún día un unicornio consideraban arte.
Cuando llegué, en el local no había ni un cliente, pero eso podía deberse a la música que sonaba de fondo, que parecía haberse compuesto para el funeral de un elfo. Dolors Strange estaba ante la caja registradora, ayudada por una adolescente con un umbral de dolor muy elevado. A veces me pregunto qué le diría a Sam si esta decidiera seguir la vía de la modificación corporal intensa. Si estaba decidida a sufrir, siempre podía sugerirle que se uniera al cuerpo de los Marines o que se hiciera seguidora de los Browns.
Dolors Strange tenía poco más de cuarenta años, pero parecía mayor. No se teñía las canas, lo que, de algún modo, le sentaba bien, y la severidad que resultaba incongruente en su juventud parecía ahora más apropiada a sus años. Nadie la hubiera llamado hermosa, excepto quizá Will Quinn, pero tenía un aspecto interesante, quizá incluso atractivo, de la misma forma austera que algunas estatuas de cementerio. Estaba comprobando el cajón del cambio de la caja registradora, contando las monedas con largos dedos delicados. Tenía las uñas pintadas de púrpura. El color hacía juego con las venas que sobresalían en el dorso de las manos, como si la sangre desoxigenada se le acumulara en las puntas de los dedos.
—¿Señora Strange? —le saludé, sacando mi licencia—. Me preguntaba si podría hablar con usted un momento. Soy...
—Sé quién es —dijo, sin mirarme apenas—. Leo los periódicos. Incluso puedo adivinar qué le trae por aquí. ¿Qué ha hecho ahora?
—¿Quién?
—Raum. ¿Por qué, si no, querría hablar conmigo? No puede estar tan falto de conversación que se haya visto obligado a molestar a desconocidos.
Omitió la «r» en la palabra «molestar», del modo en que solían hacerlo algunos de los nativos de Maine, y a mí me sonó como si me echara en cara que quisiera molestarla exclusivamente a ella.
—Raum sí tiene algo que ver con ello —comencé.
—No soy su guardián. Si tiene algún problema con Raum, háblelo directamente con él. —Terminó de contar y por primera vez me prestó toda su atención—. A menos que solo hable con él cuando tiene a sus matones para ayudarle. Me ha contado cómo usted y sus amigos le metieron una pistola en la boca.
—La pistola fue nuestro último recurso —le dije.
—No parece ser el último en su caso, si es verdad lo que he oído.
—Eso me ha dolido —me lamenté—. Si ha terminado, sigo queriendo hablar con usted. En privado.
—Sí, he terminado, pero eso también va para la conversación. Si Raum llega a enterarse de que ha estado aquí, me traerá problemas. No le cae bien en absoluto, señor Parker.
—Algunas personas están preocupadas porque piensa que ya está teniendo problemas, señora Strange.
Me miró entrecerrando los ojos y, contra toda posibilidad, apretó aún más los labios. Por un momento pensé que iba a explotar de rabia, pero gradualmente fue reduciéndose la tensión y percibí cierta resignación, quizá pesar.
—Puedo adivinar de quién se trata —me dijo—. Dígale a Will que no tiene por qué preocuparse. Puedo ocuparme de Raum.
Y solo un ligero temblor de la voz y las manos la traicionaron y dejaron entrever la mentira.

14

No había tenido suerte con Dolors Strange. Tampoco había previsto un mejor resultado pero, si no nos queda optimismo, ¿qué nos queda? La opción sensata hubiera sido lavarme las manos, desentenderme por completo del asunto y aconsejar a Will Quinn que volviera a dedicarse a su pila de musgo con la esperanza de que, ya que el amor le había encontrado allí una vez, le visitara en un segundo intento.
Por otra parte, todos los seres humanos tenemos una vena autodestructiva. Suele manifestarse en forma de adicción —adicción a la comida, a las drogas, al alcohol, al sexo, a las apuestas y a la violencia, porque, sí, la violencia también se vuelve adictiva—, pero incluso los más disciplinados de entre nosotros oiremos su eco o veremos, por un instante, el mundo a través de sus ojos. Es la voz que te habla en tu interior cuando caminas al borde del acantilado, antes de ofrecerte una visión de tu cuerpo rodando hasta estrellarse contra las rocas del fondo. Cuanto más vulnerable se es, más insistente se vuelve. Los muertos son los únicos a los que deja tranquilos.
Así que, una vez que fracasé con Dolors Strange, parecía casi natural cortejar al fracaso también con su hermana pequeña. La consulta del dentista en la que trabajaba Ambar solo abría medio día los miércoles, algo que no descubrí hasta que me pasé por allí. Debería haberlo tomado como un presagio, pero para entonces ya estaba decidido a hablar con ella, así que me acerqué a su casa.
Ambar Strange vivía en una casita de dos habitaciones en Railway Avenue. La propiedad probablemente valía unos 300.000 dólares. Los registros de la propiedad mostraban que Ambar la había comprado por poco más de 200.000 dólares en 2015, de modo que había resultado ser una buena inversión. Estaba pintada de color ocre tostado con molduras de color crema y tenía un pequeño pórtico recargado en torno a la puerta de entrada, lo que le daba el aspecto de una casita de caramelo. Lo único que faltaba para completar el cuadro era una bruja, pero tuve que conformarme con un ogro.
Raum Buker apareció desde la parte trasera de la casa, con Ambar Strange detrás de él, con las manos bien metidas en los bolsillos. Tenía seis años menos que su hermana, medía unos quince centímetros menos que ella y su peso alcanzaba apenas el suficiente como para suavizar las líneas que se mostraban tan agudas en su hermana. Tenía el cabello de un color rojo intenso, conseguido con ayuda de algún tinte, recogido en una coleta que le caía sobre el hombro izquierdo. Llevaba un chaleco acolchado, un jersey y vaqueros, y botas Timberland de color natural. Raum y ella conversaron durante unos minutos ante la puerta de entrada. Cuando se inclinó para besarla, dado que Raum era un hombre alto, que superaba los 180 centímetros de altura, ella volvió la cabeza de modo que el beso fue en la mejilla, no en la boca. Él lo intentó de nuevo, esta vez agarrándole la barbilla con la mano derecha, pero ella se alejó de él. A Raum esto no le gustó en absoluto y se lo hizo saber, a voz en grito. Con la ventanilla bajada, lo oí todo.
—Que te follen —gritó Raum—. Tú me pediste que viniera.
—Para echarme una mano —respondió Ambar—, no para eso.
—Es una ventana rota. Si quieres ayuda, llama a un cristalero.
Regresó a su coche dando fuertes pisadas. Raum Buker: el visitante caballeroso, consuelo de los afligidos. Conducía un Chevy Monte Carlo rojo destartalado. Si había pagado más de quinientos dólares por él, le habían robado.
Esperaba que hubiera pagado más que eso.
Ambar Strange entró en su casa y cerró la puerta, por lo que no vio lo que sucedió a continuación. Al entrar en el coche, Raum se subió la manga de la chaqueta y comenzó a rascarse el pentáculo que le habían tatuado recientemente en el brazo. Quizá era el picor que se produce cuando cicatriza; nunca me he hecho un tatuaje, así que no lo sé con certeza. Pero, mientras le miraba, Raum pasó de rascar a desgarrar. Las uñas fueron abriéndose gradualmente paso en la piel hasta llegar a la carne y pude ver cómo le corría la sangre por la muñeca y la palma de la mano antes de gotear desde los dedos. A pesar del dolor que debía de sentir, su expresión no cambió ni un solo instante.
Su rostro continuó siendo una máscara del desconsuelo más absoluto.


15

 

Tiempo atrás conocí a un escritor que creía que algunos hombres eran moralmente tan corruptos que su depravación cobraba una expresión física; en otras palabras: su deformidad moral se manifestaba como una alteración de sus facciones o su constitución. Me dio la impresión de que esa idea era una variación de la frenología o la fisiognomía, esas convicciones pseudocientíficas ya desacreditadas según las cuales la forma del cráneo o del rostro de alguien podían revelar los rasgos esenciales de su carácter. Si eso fuera verdad, el trabajo de hacer cumplir la ley sería muchísimo más sencillo: no habría más que meter en la cárcel a todos los feos.
    Pero la maldad —la verdadera maldad, no las prosaicas travesuras humanas nacidas del temor, de la envidia, de la ira o de la codicia— es experta en ocultarse, porque quiere sobrevivir y persistir. Solo se muestra cuando está preparada o cuando se le fuerza a hacerlo; ni siquiera el mal puede librarse de las normas de la naturaleza.


Algunas avispas parásitas ponen sus huevos sobre lo que se llaman criaturas huésped, con frecuencia orugas, o en su interior. El inyector, que se conoce como un endoparasitoide, intenta introducir los huevos en el huésped, que, si la avispa obtiene éxito, continuará madurando y proseguirá su desarrollo sin verse obstaculizado por los organismos ajenos de los que es portador.
    Pero la avispa tiene que ser cuidadosa. La oruga reconoce instintivamente que lo amenaza un predador; digamos que no le complace que la devoren viva desde el interior. Se mueve y se agita. Muerde o segrega veneno por la piel. Si lucha con fuerza suficiente, es posible que prevalezca.
    Pero a menudo no lucha lo suficiente.
    En ocasiones, ni siquiera lo intenta.
    Cuando la avispa ha terminado y ha puesto sus huevos, coloca un marcador químico en el huésped. No quiere inyectar sus huevos dos veces en el mismo huésped, ni quiere que otras avispas lo utilicen también. Pero, incluso en ese momento, la oruga no ha perdido por completo la batalla contra la infección mortal. Si su instinto y su fuerza se lo permiten, el huésped puede intentar purgarse y eliminar los parásitos ingiriendo alcaloides de determinadas plantas. Sin embargo, no todos los huéspedes infectados tratan de hacerlo, y no se sabe con claridad cuál es el motivo.
    El huésped que no luche, que no se purgue, sucumbirá. Los huevos crecen gracias a la absorción de los líquidos corporales antes de que finalmente las larvas emerjan y se alimenten del tejido que las rodea, abriéndose camino desde el interior a mordiscos mientras el huésped muere. Hasta ese momento de revelación, lo único que se muestra a la vista es una criatura, marcada pero con un exterior inalterado, que sigue viviendo con total normalidad.


Ahora creo que es posible que algo repugnante hubiera infectado a Raum Buker, y sin embargo, aunque cuento con la ventaja de poder analizarlo de forma retrospectiva y con cierto imperfecto conocimiento de los hechos que tuvieron lugar a continuación, no sé con certeza qué era. Mi impresión es que la inmunidad de Raum contra la contaminación (porque solo las personas decididamente peores entre nosotros nacen sin cierta protección) se había visto dañada por los defectos en su naturaleza y su crianza, lo cual le había vuelto vulnerable a la depredación. Me gustaría creer que intentó resistirse a ello, aunque podría estar equivocado. Lo que había presenciado ese día, fuera de la casa de Ambar Strange, podría haber sido sencillamente el acto de un hombre impulsado a automutilarse por una herida infectada, pero creo, espero, que fuera más que eso.
    Creo que Raum Buker estaba intentando purgarse antes de que fuera demasiado tarde.


16

A diferencia de su hermana, Ambar Strange no me reconoció de inmediato ni mostró especial resentimiento cuando me presenté ante ella, aunque es posible que estuviera imaginándose que iba a saludar a un escarmentado Raum Buker cuando abrió la puerta, porque pareció sentir a la vez decepción y un leve alivio, una combinación difícil de lograr. Parecía cansada, como si la embargara ese agotamiento acumulado que produce haber pasado algo más de una noche en vela.
    Le enseñé mi licencia de investigador privado y frunció el ceño cuando ató cabos.
    —¿Eres el tío que le puso una pistola en la boca a Raum? —preguntó.
    —Ese era un amigo mío.
    —¿Y no intentó usted detenerle?
    —Es difícil disuadirle de algo una vez que se le ha metido algo en la cabeza.
    Se quedó pensativa.
    —Supongo que Raum se lo buscó —dijo por fin—. Me sorprende que no le haya pasado más veces.
    Ambar tenía todavía mi licencia en su mano. Volvió a mirarla y prosiguió su razonamiento.
    —¿Y quién le ha contratado? —preguntó—. Porque así funciona, ¿no? No es como con la policía. ¿Esto tiene que ver con Raum o conmigo?
    —Con Raum, principalmente. En cuanto a quién me ha contratado, trabajo para alguien que se preocupa por su hermana.
    —Will Quinn —apuntó, algo más vivaz—. Estoy en lo cierto, ¿verdad?
    —Sí, es Will.
    —Es buena persona. Dolors podía haber tenido mucha peor suerte.
    —¿Por ejemplo, con Raum?
    Se le desvaneció la sonrisa.
    —Sí, por ejemplo con Raum. —Echó un vistazo a la calle sin salida, buscando el coche del aludido.
    —Se ha ido —dije—. Vi cómo se alejaba en el coche.
    —Volverá.
    —No parece muy feliz por ello.
    —Como su amigo el de la pistola, Raum también resulta difícil de disuadir una vez que se le mete algo en la cabeza.
    —¿Y qué se le ha metido en la cabeza ahora?
    Me dirigió una mirada fría.
    —¿Usted qué cree?
    Era difícil saber cómo responder a la singular organización sexual de las hermanas Strange, en el pasado o en la actualidad, sin adoptar un tono lascivo o mojigato. La relación que mantenían era de esas que hacían que un hombre quisiera agarrar por el cuello de la camisa a David Crosby a mitad de la canción Triad, su oda a los tríos, y anunciar: ¿Ves, David? Este es el motivo por el que no podemos seguir siendo tres.
    —¿Podemos hablar dentro? —pregunté.
    —A Raum no le va a gustar.
    —Raum no tiene por qué enterarse.
    Ambar Strange se cruzó de brazos. Hacía fresco, así que era normal que sintiera escalofríos, pero en este caso no era a causa del tiempo.
    —Se enterará —dijo, con voz muy apagada.
    Volví a pensar en su hermana y en el temblor que la había delatado. Había visto cómo Raum Buker se rascaba el tatuaje hasta sangrar. Sabía que había tres personas atemorizadas, pero ignoraba si todas temían lo mismo. Mi instinto me decía que las hermanas Strange tenían miedo de Raum Buker, pero no parecía que este tuviera ningún motivo para tenerles miedo a ellas.
    —Señorita Strange —pregunté—, ¿qué hace Raum de vuelta en Portland?
    —Ha cumplido su condena. ¿Por qué no iba a volver?
    Dado que soy un investigador formado, detecté que evitaba contestarme.
    —¿Sabe en qué cárcel estuvo?
    —East Jersey.
    Había oído decir que Raum había estado encerrado en Jersey. No había pedido más detalles porque me alegraba de que estuviera encerrado y no me importaba dónde.
    —¿Tiene alguna idea de por qué?
    —Porque le pillaron.
    —Muy graciosa. Además de eso.
    —Pregúnteselo a él.
    —Estoy contando los días hasta que ocurra —dije—. Hasta ese bienaventurado día, este es un estado grande, y Raum y Portland nunca se han llevado bien. Podía haber ido a muchos otros lugares y haber llamado mucha menos atención. ¿Volvió aquí por usted o por su hermana?
    Se le crispó la cara, como si le hubiera tocado una vieja herida, y barbotó la respuesta tan rápido que no fue capaz de echar el freno.
    —No. Está esperando —dijo, con el mayor desdén que pudo.
    —¿Esperando qué?
    Descruzó los brazos y le quitó importancia con un gesto de la mano derecha.
    —Simplemente esperando. Raum siempre tiene algún plan para ganar dinero fácil. Dios le libre de trabajar para ganarse la vida.
    —¿Le ha dicho cuáles son sus planes actuales?
    Negó con la cabeza.
—Tiene algo de dinero, pero dice que va a tener más. Es todo lo que sé. ¿Por qué le digo esto, si ni siquiera tendría que estar hablando con usted? Bien pensado, me gustaría que se fuera ahora mismo. No tengo nada más que decir.
    Se dispuso a volver a entrar en casa. El tiempo que me había concedido casi había terminado.
    —Una última pregunta —dije.
    Golpeó ligeramente la cabeza contra el marco de la puerta en señal de frustración.
    —¿Qué quiere saber?
    —¿Por qué discutían antes usted y Raum?
    —¿Ha visto la discusión?
    —Una parte. También he oído un poco.
    —Anoche alguien dañó un panel de la puerta trasera y estaba preocupada. Pensé que quizá alguien había intentado entrar a robar, pero Raum me dijo que probablemente había sido solo un animal.
    —¿Qué le hizo pensar eso?
    —Porque la puerta mosquitera estaba destrozada y había arañazos en el cristal.
    —¿Le importa si echo un vistazo? —pregunté.
    —Sí, me importa.
    Y, dicho esto, Ambar Strange me cerró la puerta en las narices.