John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

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En ese momento ya debería haberme quedado claro que los asuntos de Raum Buker y las hermanas Strange, cualesquiera que fueran su forma o su combinación, no eran en absoluto asunto mío. Ninguna de las hermanas había mostrado signo alguno de agradecer mi interés y era poco probable que Raum Buker fuera a romper esa tendencia. Por otra parte, he hecho de mi curiosidad una vocación y ahora era demasiado tarde para buscar un empleo distinto.
    Pero no era solamente una cuestión de tozudez. A Raum le seguían los problemas como un perro en celo y los había traído hasta las puertas de las hermanas Strange. Tal vez ellas se creían capaces de manejarlo y, en circunstancias normales, sin duda habrían tenido razón. Raum no era adversario para dos mujeres listas, porque la mayoría de los hombres ni siquiera pueden con una. Pero uno no ve cómo alguien se arranca tiras de su propia piel, especialmente alguien con los antecedentes de Raum Buker, sin preocuparse por las personas que caigan dentro de su órbita. Si lo dejaba estar y les ocurría algo a alguna de las hermanas Strange, o a las dos, tendría que vivir sabiendo que no había actuado, y ya tenía culpa suficiente para varias vidas.
    Almorcé en el Bayou Kitchen mientras hacía algunas llamadas y realizaba algunas búsquedas por internet. Raum Buker había cumplido condena en la prisión estatal de East Jersey, en virtud del Título 2C del Código de Derecho Penal de Nueva Jersey: cinco años por homicidio, que era la pena mínima a la que podía condenársele por ello. Raum había matado a un hombre llamado Clayton Dempsey en Lindenwold, durante una pelea por una plaza de aparcamiento que terminó en un bar. El desacuerdo fue a más, Dempsey amenazó a Raum con una botella rota y Raum lo apuñaló hasta la muerte con el cuchillo que usaba el barman para cortar en rodajas los limones.
    En el juicio, un par de testigos se desdijeron y declararon que Dempsey no había tenido una botella en la mano en ningún momento, pero en las mentes del jurado ya se había sembrado duda suficiente para que Raum Buker evitara una acusación de delito grave en primer grado y una sentencia de entre diez y treinta años. En su lugar, se aceptó que Raum, en el ardor del momento, había actuado tras una provocación y Raum fue condenado a cinco años. Según las guías de sentencias mínimas obligatorias en Nueva Jersey, tuvo que pasar en la cárcel cincuenta y tres meses. East Jersey era la segunda prisión más antigua del estado y albergaba a presos de máxima, media y mínima seguridad. No era un lugar fácil para cumplir condena, y nadie iba a volver corriendo para probar su hospitalidad una segunda vez, pero no era tan mala como la prisión estatal de Nueva Jersey en Trenton, que era lúgubre como el infierno y tenía reputación de que había mucha violencia entre los presos. Si ese tatuaje del pentáculo era el total de las cicatrices de Raum Buker después de casi cinco años en el sistema penitenciario de Nueva Jersey, podía considerarse bastante afortunado.
    Me producía curiosidad saber con quién se había mezclado Raum cuando estuvo por ahí abajo. Un hombre que sale de prisión y se pone un par de relámpagos de las Waffen SS ha estado frecuentando la compañía de supremacistas blancos. Alguien que sale con un tatuaje pagano es probable que vaya a comprarse una motocicleta. Pero un prisionero que recupera la libertad con un símbolo de lo oculto en el brazo... ha estado con gente realmente muy extraña.


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Raum Buker había alquilado una habitación para estancias breves en el Braycott Arms, en Cumberland Avenue. El Braycott había sido antaño un hotel para viajeros de tren, en los tiempos en los que la estación Union Station se encontraba en St. John Street. Union Station se demolió en 1961 y la sustituyó un centro comercial que jamás resultó del gusto de nadie, aunque por aquel entonces el futuro tenía el aspecto de un automóvil, y olía y sonaba como él. Pero la antigua estación de tren había sido un edificio peculiar, incluso para las normas de la ampulosa arquitectura ferroviaria del siglo xix. Se había diseñado para que se asemejara a un castillo francés medieval y tenía una torre del reloj elevada y paredes de granito rosa. Muchos lloraron abiertamente cuando cayó esa torre, o eso me dijo mi abuelo.
    Nadie habría llorado si cayera el Braycott Arms, especialmente si se llevaba a algunos de sus huéspedes con él. El Braycott, incluso en aquellos tiempos, había prestado sus servicios a una clase de viajeros inferior a la que se hospedaba en la cercana fonda en St. John, que desde entonces se había reinventado y convertido en un pequeño hotel selecto. En contraste con este, los actuales propietarios del Braycott tenían reputación de tolerar comportamientos antisociales hasta el punto de que los fomentaban de forma activa y, si hubieran comprobado los antecedentes penales, todas y cada una de sus habitaciones habrían permanecido vacías. No era un sitio al que pudiera llamarse un hogar, y apenas un lugar desde el que llamar al hogar. Los funcionarios encargados de vigilar a presos en libertad condicional intentaban disuadir a estos de que se hospedaran allí, pero a veces los exconvictos no tenían mucho donde elegir, dado que la mayoría de los caseros se mostraban reacios a acoger a maleantes en sus viviendas. En consecuencia, el Braycott con frecuencia alojaba a más hombres con antecedentes penales que la cárcel del condado de Cumberland.
    El director era, desde hacía mucho tiempo, un tipo llamado Bobby Wadlin, que vivía y trabajaba en un apartamento de un solo dormitorio justo en la entrada delantera, y que habría empezado a sudar con solo ponerse en pie. Pasaba la mayor parte del día detrás de una estropeada mampara de plexiglás con una ranura para aceptar el dinero y entregar el correo y las llaves, y nadie sabía que se hubiera ido de vacaciones jamás. Durante las discusiones sobre el alquiler o sobre algún daño, se obligaba, con no demasiada convicción, a actuar como influencia moderadora sobre los propietarios sin rostro del hotel, como Simón el Cirineo cuando le obligaron a ayudar a Cristo con la cruz. Dado que Wadlin era uno de los propietarios, junto con dos hermanos y una cuñada que no querían del Braycott más que cobrar el dinero de los alquileres, las negociaciones no duraban mucho y solían terminar de forma poco satisfactoria para los huéspedes en cuestión.
    Wadlin, haciendo honor a su fama, estaba sentado detrás de la mampara cuando llegué, viendo una antigua película del Oeste en blanco y negro en un televisor portátil conectado a un reproductor de deuvedés. Wadlin siempre estaba viendo antiguas películas del Oeste en blanco y negro; incluso si se habían rodado en color, cambiaba los ajustes para poder verlas en monocromo. Probablemente de esto pudiera derivarse alguna moraleja, pero eso no habría hecho que Wadlin me gustara más, y no me gustaba en absoluto. A pesar del frío, llevaba una camisa de manga corta y la corbata de un ciego, cuya virulencia cromática quizá era un intento de compensar los tonos grises del resto de su existencia.
    —Bobby —llamé.
    Wadlin mantuvo los ojos fijos en la pantalla.
    —Estoy viendo mi programa.
    —Raum Buker.
    —¿Qué le pasa?
    —¿Está en su habitación?
    Wadlin despegó la mirada de la televisión durante el tiempo suficiente para comprobar los ganchos de los que colgaban las llaves. No se permitía a los huéspedes que se llevaran las llaves cuando salían, ni siquiera para salidas breves, para evitar que alguna cayera en malas manos y se usara para obtener acceso al Braycott para desinfectarlo a escondidas.
    —No. Fuera —dijo Wadlin.
    —Me gustaría echar una ojeada a su habitación.
    —Nuestros huéspedes esperan privacidad y seguridad.
    Puse un billete de veinte dólares en la ranura. Me imaginé que a Will Quinn no le importaría. Wadlin, no obstante, tenía la suficiente solvencia económica como para ofenderse por el soborno, si optaba por aceptarlo, pero no se ofendió. Hacer algo sin obtener nada a cambio iba en contra de sus principios, o lo que hacía pasar por ellos en ausencia de principio real alguno. También sabía que, si no me ayudaba, yo encontraría algún modo de complicarle la existencia más tarde, porque esa no era la primera vez que mi actividad me había llevado al Braycott, y probablemente no sería la última.
    Wadlin sacó un duplicado de la llave de un cajón y dejó la principal en el gancho, por si volvía Raum Buker.
    —No tardes mucho ahí arriba —dijo Wadlin.
    —Intentaré no desordenar la mierda.
    —Bien hecho —dijo, volviendo a su película—; avisaré a las ratas de que vas de camino.

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Las habitaciones en el Braycott Arms eran más amplias que las de los hoteles modernos corrientes, pero más pequeñas que las de un estudio. Las escaleras y los rellanos olían a comida y a lavandería, y detrás de las puertas se oía música y bramaban los televisores. La pintura de las paredes estaba desconchada, las tablas del parqué estaban desgastadas y los techos tenían más grietas que una obra de arte medieval.
    Raum Buker ocupaba una habitación en el extremo de la tercera planta. Al subir, solo me crucé con un individuo, y estaba demasiado ocupado con su conversación telefónica sobre marihuana para prestarme atención. Lo cierto es que aquello olía como una plantación entera, lo cual era algo inevitable. Desde que en Maine se había legalizado el uso recreativo de la marihuana, su olor dulzón se había vuelto omnipresente y podía conseguirse un subidón solo con subirse a un Uber. Quedarse en el vehículo demasiado tiempo implicaba luchar contra el impulso de pedir pollo frito y de escuchar Dark Star sin pausa.
    Alguien gritaba en la habitación contigua a la de Raum: estaba enzarzado en una discusión unilateral con otra persona invisible, y la discusión, que no parecía implicar el uso de un teléfono, consistía en soltar un chorro imparable de obscenidades y vituperios sólo interrumpido por algún sollozo ocasional. Era un elemento más del constante ruido de fondo del Braycott Arms. Me recordaba la cárcel. Probablemente también se la recordaba a algunos de los huéspedes, y ese podía haber sido uno de los motivos por los que habían elegido alojarse ahí. He conocido a reclusos que tardaron meses en poder dormir bien después de salir de la cárcel porque no podían soportar el silencio.
    Llamé suavemente con el puño a la puerta de Raum. Que la llave principal estuviera colgada en el gancho en la oficina de Wadlin no implicaba necesariamente que la habitación estuviera vacía. La lista de personas a las que habían disparado por haberlo dado por sentado de forma errónea era preocupantemente larga. Nadie respondió, así que usé la llave. Cada una de las puertas del Braycott tiene una mirilla, de modo que no podía saber si me miraba alguien por alguna, pero suponía que los huéspedes preferían ocuparse de sus propios asuntos con la esperanza de que los demás hicieran lo mismo.
    La habitación de Raum Buker olía mucho a lejía, pero al menos estaba limpia. La puerta daba directamente a una habitación con ventanas en dos de sus paredes; tenía una pequeña cama doble, un escritorio y una silla, un sofá de vinilo, una cocina y un microondas. A un lado de la cocina había una nevera, y al otro un armario. La cama estaba hecha, y había una taza y un plato secándose junto a la pila del lavabo, en el baño. Un televisor barato de pantalla plana estaba anclado a la pared delante de la cama y el mando a distancia estaba fijo a la mesilla de noche por un grueso cable corto. La habitación carecía de cuadros y de cualquier decoración superflua. En su lugar, había una mancha en la pared sobre el sofá, como si un huésped anterior se hubiera volado los sesos, o se los hubiera volado a otra persona, y no hubieran sabido ocultar el desaguisado.
    Raum Buker apenas había alterado la habitación. Había algunas prendas de ropa colgadas en el armario, y los calcetines, la ropa interior y las camisetas ocupaban cajones separados; había un par de botas y un par de zapatillas deportivas colocados sobre una lámina de plástico al lado de la puerta. En un estante, sobre la cocina, había café, azúcar, cereales de desayuno, maíz para hacer palomitas en el microondas, una bolsa abierta de patatas fritas y una bolsa de pan de molde blanco; la nevera tenía leche y mantequilla sin sal. Miré bajo la cama y saqué una maleta. No estaba cerrada con llave y no reveló nada importante al abrirla, así que volví a dejarla donde la había encontrado.
    El orden no me sorprendió, dado que era un exconvicto. Los reclusos aprendían a aprovechar el espacio y el Braycott Arms no era el tipo de ambiente que invitaba a nadie a desempaquetar y ponerse cómodo; pero incluso teniendo eso en cuenta, la habitación era básicamente un refugio provisional. Raum Buker no hubiera necesitado más de cinco minutos para hacer la maleta y marcharse sin dejar rastro. Me pregunté si tenía algún otro escondrijo, quizá en el Condado, porque era imposible que esas fueran todas sus pertenencias. Al parecer, gastarme veinte dólares del dinero de Will Quinn en un soborno no me había servido absolutamente de nada.
    Me disponía a marcharme cuando decidí echar una segunda ojeada al baño. El armarito de los medicamentos ya estaba abierto cuando llegué y contenía solo antiácidos e Ibuprofeno, junto con algunos remedios de fitoterapia para dormir que indicaban que Raum decididamente tenía problemas para descansar por las noches. El único elemento fuera de lugar era un chorro de polvo negro entre los grifos del lavabo. No había visto ese polvo en ningún otro sitio de la habitación.
    Sin pensarlo, agarré la puerta del armarito y la cerré. Mi rostro me devolvió la mirada desde el espejo, pero había algo superpuesto a él, un dibujo sobre el vidrio trazado con algo que parecía ceniza:

Y entonces me dije que, probablemente, no había sido la primera persona en invadir la privacidad de Raum Buker ese día.

 


20


No me pareció sensato quedarme más tiempo, así que saqué una fotografía del dibujo sobre el espejo con mi teléfono móvil y después, antes de salir, comprobé por la mirilla que no hubiera nadie en el rellano. La visión era borrosa, lo que me preocupó por algún motivo que no pude identificar en ese momento. Era el recuerdo de algo que había leído, pero no me venía a la mente y forzar la memoria no iba a serme de ayuda. No obstante, parecía que no había nadie, así que salí de la habitación, cerré con llave y me encaminé hacia las escaleras.
    Miré hacia abajo. Raum Buker estaba unos peldaños más abajo y subía con rapidez. Bobby Wadlin podía haberme llamado para avisarme de que Raum estaba de camino, pero eso no hubiera sido de su estilo. Si Raum hubiera decidido armar jaleo y protestar porque alguien había invadido su espacio, Wadlin podía haber dicho sencillamente que le habían robado la llave mientras no miraba y dejar que Raum intentara averiguar cómo había ocurrido una vez que estuviera más calmado.
    El ascensor no estaba en la tercera planta, así que no era una opción. Subí silenciosamente a la cuarta planta y agucé el oído. Oí cómo los pasos de Raum avanzaban por el pasillo y, a continuación, cómo se abría y cerraba la puerta. Me pregunté cómo reaccionaría al ver ese símbolo en el espejo del armarito del baño. Era posible que lo hubiera puesto ahí él mismo, pero no parecía probable, dada la pulcritud del resto de la habitación. Podía haberme acercado a su habitación con la esperanza de oír algo (quizá una llamada de teléfono), pero no hubiera sido una maniobra inteligente, teniendo en cuenta que era un edificio lleno de criminales, algunos de los cuales decididamente tenían algo que ocultar, y hasta puede que un par de ellos me la tuvieran guardada. Tal vez eso refleje la naturaleza de mi profesión, pero es probable que, a lo largo de mi vida, me haya hecho más enemigos que amigos, incluso si son el tipo de enemigos que a cualquiera le enorgullecería tener.
    Ya que quedarme estaba descartado, volví a la recepción. Bobby Wadlin seguía viendo la película de vaqueros.
    —He visto que Raum Buker ha vuelto —comenté.
    —Eso es porque vive aquí —respondió Wadlin—. Las personas que vuelven a su lugar de residencia deberían tener derecho a hacerlo sin que les molesten, al menos mientras paguen el alquiler. —Levantó una ceja en mi dirección—. ¿Os habéis saludado amablemente?
    —He decidido dejarlo para otro día.
    —Quizá no seas tan bobo como dicen.
    No estaba seguro de cómo responder a eso, así que lo dejé pasar.
    —¿Ha entrado alguien más en esa habitación hoy? —pregunté.
    —No, solo Buker, porque tú tampoco has estado ahí, ¿verdad?
    —¿Y el servicio de limpieza?
    —Eso se paga aparte. Buker se ocupa de su propia limpieza. No es el único, pero al menos mantiene ordenada su habitación, que es más de lo que puede decirse de otros. Revisamos todas las habitaciones periódicamente, para evitar que empiecen a apestar.
    —¿Ha entrado algún extraño en el edificio hoy?
    Wadlin señaló hacia un cartel en el escudo de plexiglás. Rezaba: «No se premiten visitantes después de las 5 de la tarde».
    —Todavía no son las cinco —dije—. Y «premiten» está mal escrito.
    —Bueno, solo me pagan por vigilar si hay visitantes después de las cinco. Y si quieres empezar a dar clases, empieza en otro sitio.
    —Así lo haré. No me gustaría interferir con el funcionamiento de tu escuela de simpatía.
    Una cámara de seguridad miraba hacia el vestíbulo.
    —¿Esa cosa funciona? —pregunté.
    —No serviría de mucho si no lo hiciera.
    —¿Y qué pasa con la de la entrada de atrás?
    Sabía por mis visitas anteriores que también había una cámara en la parte trasera del Braycott.
    —Esa está estropeada. Una rata se comió los cables. Sigue funcionando como medida disuasoria, porque no hemos avisado a los huéspedes.
    —¿Hay alguna posibilidad de que me dejes revisar las grabaciones de la cámara que sí funciona?
    —Ninguna —me dijo.
    —Eres una buena pieza, Bobby.
    —Eso me decía siempre mi madre.
    —Probablemente justo antes de intentar ahogarte.
    Bobby Wadlin se metió una gominola en la boca, subió el volumen del televisor y asintió solemnemente con la cabeza.
    —Tenía —dijo— unas manos muy firmes.