John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

2880px-English_language_-_United_States,

21

La hora escasa que pensaba cobrarle a Will Quinn se había convertido en casi medio día de trabajo y no tenía pinta de ir a terminarse pronto. En última instancia, Raum Buker vería el símbolo en el espejo del baño y mi intuición me decía que él sí sabría qué significaba; de otro modo, no tenía sentido que se lo hubieran dejado allí. Quería estar cerca para ver lo que hacía entonces.
    Sentado en mi coche frente al Braycott Arms, mientras esperaba el siguiente movimiento de Raum, busqué información en Google sobre runas, paganismo, ocultismo y un montón de otros términos que sorprenderían a más de uno si incautaran mi teléfono como prueba en algún juicio. No tardé mucho en encontrar lo que buscaba. El dibujo que había en el espejo era un símbolo pagano que significaba «flagelo», causante de destrucción, o «mortífero». O alguien tenía un extraño sentido del humor, o Raum acababa de recibir otro motivo para lamentar haberse hecho ese tatuaje en el brazo y quizá alguna otra cosa más.
    El coche de Raum estaba en el aparcamiento del Braycott, que probablemente era el único lugar —al margen de un desguace— que albergaba a vehículos que hacían que el Chevy pareciera tener buen aspecto. Si se produjera un incendio cerca, no me hubiera sorprendido ver cómo un par de coches entraban en combustión espontánea para arrojarse en él. Pasaron quince minutos, y después treinta, sin que saliera Raum, pero no quería volver a entrar en el Braycott Arms; no, si podía evitarlo. Además de tener que lidiar de nuevo con Bobby Wadlin, implicaría enfrentarme a Raum en un espacio cerrado, y a todas luces a un Raum alterado. No sabía si tenía una pistola, pero era muy probable que sí. Los hombres como Raum funcionan por instinto y su primera reacción ante una amenaza, por nimia que sea, es hacerse con un arma. Es posible que la ley prohíba que un convicto de algún crimen castigado con un año o más sea propietario de un arma de fuego, pero los criminales no son muy exquisitos en lo que atañe a las leyes.
    Hice una llamada a Chris Attwood, que ahora era el director regional de correccionales del Departamento de libertad provisional de Maine. Attwood trabajaba en una oficina en Park Avenue, no lejos de donde yo me hallaba en ese momento. Nuestros caminos se habían cruzado por primera vez después de que uno de sus pupilos, un hombre llamado Jerome Burnel, hubiera acudido a mí en busca de ayuda. Burnel nunca debería haber ido a la cárcel, para empezar, y yo había logrado limpiar su nombre, aunque demasiado tarde, porque para entonces ya había muerto. Attwood se acordaba bien del caso, sin embargo. Y yo también. Mi hija, Sam, casi había muerto como consecuencia de mi participación.
    —Señor Parker —dijo Attwood—, no quepo en mí del asombro.
    —No creí que quedara nadie que todavía dijera «no quepo en mí del asombro» —contesté—, no a menos que oliera a lavanda y Morgan Freeman le hiciera de chófer.
    —Al DoLC le gusta mantener algo de elegancia social. Esperamos que a nuestros clientes se les pegue.
    —Tengo a un antiguo cliente en mente que podría pinchar ese globo de optimismo: Raum Buker.
    —Los rumores dicen que anda por aquí —dijo Attwood—. Pero, tranquilo, la marea sube, pero siempre vuelve a bajar. ¿Qué ha hecho?
    —Oficialmente, nada más que ser irritante, pero ese es el estado permanente de Raum. Extraoficialmente, creo que ha traído mala suerte con él y eso puede ser contagioso.
    —Buker no era uno de los míos. Jo Niles se encargaba de él. Está haciendo inspecciones hoy, pero puedo pedirle que te llame.
    —Si pudiera también ahorrarme algo de búsqueda, la invitaré a un trago.
    —Se lo pediré. ¿Qué necesitas?
    —Raum acaba de cumplir una sentencia de cinco años por homicidio en la prisión estatal de East Jersey —le expliqué—. Hasta ahí, la información está en los registros públicos. Quiero saber quiénes eran sus compañeros de celda, si tenía alguno, y qué amistades puede haber hecho durante su tiempo en la cárcel.
    Esperé mientras Attwood tomaba nota.
    —¿Quieres explicarme para qué quieres esta información?
    —Un asunto arcano. Raum se ha hecho un tatuaje de un símbolo de lo oculto.
    Le siguió una pausa más larga de lo normal.
    —Tratándose de ti —dijo Attwood al fin—, era de esperar.
    Pero no se rio ni lo dijo con desprecio. Después de lo que le había sucedido a Jerome Burnel, a Attwood no se le ocurriría.
    Y acababa de cortar la comunicación cuando Raum Buker salió del Braycott Arms.

 

22

En la habitación de un motel cercano al centro comercial Maine Mall, una figura se encontraba sentada frente a un monitor con la imagen congelada de Raum Buker en el Braycott Arms. En cierto modo, la pulcra habitación parecía un reflejo de la de Buker, aunque mostraba aún menos signos de ocupación humana, si exceptuamos al único huésped, y es posible que algunos se hubieran opuesto al uso del término «humano» para referirse a él. La cama estaba hecha, el baño se mantenía prácticamente impoluto, el armario estaba vacío, y una desgastada bolsa de cuero, como las que solían usar los médicos del siglo xix con problemas de alcoholismo, contenía cuanto necesitaba para sus viajes. Se llevaba la bolsa consigo cuando requería el servicio de limpieza de habitaciones, lo que ocurría cada día, y la colocaba a sus pies mientras comía huevos escalfados y manzanas asadas en el Cracker Barrel y esperaba a que terminaran de limpiar la habitación.
    Todas las mañanas revolvía las sábanas y desordenaba las almohadas de la cama aunque no hubiera dormido en ella; humedecía las toallas y las dejaba tiradas en la bañera para dar la impresión de que las había utilizado. Descansaba muy poco, y sólo de día, e, incluso entonces, apenas dormía una o dos horas. Como algunos mamíferos, era básicamente nocturno. Además, lo atenazaba un dolor constante y le resultaba particularmente difícil mantenerse en posición horizontal durante un período de tiempo prolongado. Ingería fármacos que se conseguían sin receta y, cuando era necesario, obtenía también narcóticos con recetas falsas.
    Floriana, la encargada de limpiar su habitación, notaba en esta un olor muy marcado, aunque no desagradable, que tendía a asociar con su bisabuelo Adelardo, el viejito, que había vivido toda su vida en una gran mansión situada en el barrio Miguel Alemán de Mérida. A medida que iba envejeciendo y empobreciéndose, Adelardo se había visto obligado a alquilar cada vez más habitaciones de la mansión, hasta que no había tenido más remedio que resignarse a vivir en el ático, convertido en un huésped en lo que había sido antes su propio hogar. Aun así, todas las mañanas Adelardo lustraba los zapatos, se ponía una camisa y una corbata, y se iba a pasear durante horas por la Plaza de la Independencia antes de tomarse un único vaso de tepeztate en El Cardenal. Que se hubiera visto reducido a una categoría cercana a la pobreza no era motivo alguno para poner bajo el listón.
    Los domingos, Adelardo se echaba su colonia especial, que vertía con cuidado de una botella sin etiqueta, antes de asistir a misa en la catedral. La colonia, cuyo origen continuaba siendo un misterio para la familia de Adelardo, tenía una base de almizcle y agua de rosas, y lo que Floriana olía en la habitación 313 era una versión de ese mismo aroma. Le hacía sentir una deferencia instintiva hacia su ocupante, el señor Kepler, deferencia que aumentaban también los cinco dólares que le dejaba cada mañana, a pesar de que apenas se tardaba tiempo en adecentar su habitación y de que, con frecuencia, parecía estar al menos tan limpia como ella la había dejado el día anterior. (Floriana llevaba tres decenios trabajando como limpiadora y nunca había dejado de sorprenderle la variedad de maneras en las que hombres y mujeres eran capaces de ensuciar una habitación de motel.)
    A Floriana no le importaba que el aspecto del señor Kepler fuera extraño o que nunca le hubiera oído hablar. Tampoco le preocupaba que su ropa estuviera más sucia y desgastada de lo que parecía a primera vista, porque eso también le había sucedido a su viejito. Si se cruzaban en el pasillo, el señor Kepler se quitaba el sombrero y sonreía, un peculiar gesto anticuado en un mundo en el que la amabilidad y la educación se consideraban cada vez más signos de debilidad, aunque los dientes que asomaban cuando separaba los labios fueran demasiado grandes para la boca y el esmalte tuviera estrías amarillentas.
    Y, sin embargo, a pesar de las numerosas cualidades del señor Kepler, que eran patentes e incluso innegables, Floriana hacia lo posible por no cruzarse en su camino y no le miraba a los ojos cuando lo hacía, porque no podía evitar encogerse de miedo. Tampoco pasaba en su habitación más tiempo del estrictamente necesario y, a pesar de que se aseguraba de llevar puestos los guantes de goma mientras se encontraba allí, se lavaba las manos con desinfectante cuando acababa.
    Sus horas de sueño se habían visto alteradas. Floriana tenía dos trabajos: además de limpiar, era reponedora en Shaw’s cuatro noches por semana y los sábados enteros, así que, por lo general, el agotamiento le garantizaba el paso inmediato a la inconsciencia. Pero durante las últimas cuatro noches no había dormido bien. Se despertaba en plena noche y se veía impelida a comprobar los cerrojos de la puerta y las ventanas del apartamento que compartía con su marido y dos hijos mayores. Intentaba resistirse a ello, pero cuanto más esperaba, más aumentaban su inquietud y su sensación de que debía estar alerta, así que se levantaba con el máximo sigilo posible, hacía las comprobaciones y regresaba a la cama, pero volvía a despertarse un par de horas más tarde para, irremediablemente, volver a repetir ese ciclo.
    Cuatro noches sin dormir bien.
    Cuatro mañanas dedicadas a limpiar la habitación del señor Kepler.
    Y en ocasiones, cuando comprobaba las cerraduras, Floriana creía detectar un leve toque de agua de rosas y almizcle, y se preguntaba si ese era el olor de la locura.

23

Cerca del Braycott Arms, Raum Buker se detuvo cuando lo llamé gritando su nombre. No pareció sorprendido de verme. Quizá Bobby Wadlin había decidido cubrirse las espaldas advirtiendo a Raum de que yo había estado husmeando y preguntando por él, aunque omitiendo que él mismo me había dado una llave de la habitación. Otra posibilidad era que las hermanas Strange también le hubieran informado de las visitas que les había hecho. Si solo se lo había comunicado una de ellas, apostaba por Ambar.
    —¿Qué quieres? —preguntó Raum.
    —Hablar.
    Miró por encima del hombro, como esperando ver cómo se acercaban a toda velocidad los hermanos Fulci envueltos en una nube de polvo, cual rinocerontes a la carrera por el Serengueti. Solo cuando se convenció de que no había moros en la costa volvió a mirarme. Gran parte de la petulancia que había mostrado en el Great Lost Bear había desaparecido, pero no lo había sustituido solo el miedo (porque se notaba que tenía miedo); mostraba una calma inquietante, la que exhiben algunas personas cuando ya ha llegado lo peor.
    —¿Por qué has ido a molestar a Ambar? —preguntó.
    Había acertado. Tomé nota mental de que esa semana debía jugar a la lotería.
    —¿Te ha dicho que he estado molestándola?
    —Me ha dicho que te habías pasado por allí. En tu caso, es lo mismo.
    Lo cual era, tenía que reconocerlo, una frase estupenda. 
    —Hay algunas personas preocupadas por las hermanas Strange —dije.
    —¿Por mi causa?
    —Sí.
    —Pues no deberían —protestó Raum—. Nunca he hecho daño a una mujer.
    No era la primera vez que un hombre me decía esas palabras, con frecuencia con el mismo tono de orgullo, incluso de satisfacción consigo mismos. Y, en todos los casos, lo que deduje fue que habían pensado en pegar a una mujer pero que, en última instancia, habían resistido la tentación, lo cual los convertía en personas estupendas.
    —Puede que sea verdad —repliqué—, pero sí has causado bastante daño. El carpintero al que destrozaste con la garlopa ya no camina bien, y cinco años de condena en East Jersey demuestran que hay un muerto más por tu culpa.
    —Bueno, aquí el experto en muertos eres tú. Deberías hacerte accionista en un cementerio.
    —Podríamos seguir diciéndonos lindezas el uno al otro —le dije— o podemos mantener una conversación.
    Echó una ojeada al reloj.
    —Habla, pues —dijo—. Puedo escucharte un rato, si con eso me evito volver a oírte nunca más, pero acelera.
    —Háblame del tatuaje del pentáculo.
    No sé qué esperaba que dijera, pero decididamente no era eso.
    —¿Qué pasa con ese tatuaje?
    —¿Dónde te lo hiciste, y por qué?
    —Me he hecho muchos.
    —No como ese.
    Inconscientemente, se lo rascó por encima de la camisa. Se dio cuenta de ello y se detuvo, pero no antes de que la herida volviera a abrirse y comenzara a manchar el algodón.
    —Lo vi en un libro —dijo—. Me pareció interesante, distinto. Ahora lo lamento.
    —Esa parte me la creo. ¿De qué tienes miedo, Raum?
    —No de ti ni de tus amiguitos, eso desde luego —dijo, y el antiguo Raum, el Raum que no era más que un idiota, asomó la cabeza por un momento antes de volver a hundirse en el silencio. Pero el nuevo Raum no le ponía empeño y solo sintió algo de vergüenza por la petulancia de su alter ego. —Mira —dijo—, no quiero más problemas contigo ni con los Fulci. No tenía que haber ido al Bear esa noche y quizá tampoco debería haber vuelto a Portland, pero aquí estoy y tengo algunos asuntos que atender.
    —¿Qué asuntos?
    —Ninguno que te incumba, pero una vez que termine no volverás a verme. Me mantendré alejado de Dolors y de Ambar lo máximo posible. Tú y yo no tenemos ningún problema personal, a no ser que quieras que tengamos uno.
    Y entonces ocurrió algo muy extraño. Algo que solo puedo describir así: el rostro de Raum Buker se contorsionó para esbozar una sonrisa, pero la sonrisa no era suya, y una presencia que no tenía derecho alguno a estar en su cabeza asomó detrás de sus ojos, como un intruso que mira hacia fuera por la ventana de una casa conocida.
    —¿Es eso lo que quiere, señor Parker? —preguntó Raum, en un tono de voz que parecía una contramelodía disonante, como canto gregoriano entonado en una clave equivocada.
    Le señalé la mano izquierda, de la que goteaba sangre.
    —Estás sangrando —respondí—. Deberías ir a que te lo viera el médico.
    Y le dejé con su dolor.

24


Esa noche me pasé por la casa de Will Quinn para ponerle al día sobre lo que a nosotros, los profesionales de la investigación, nos gusta denominar «progreso», normalmente cuando cobramos el trabajo a alguien y apenas hemos progresado nada. No le oculté gran cosa, porque no había mucho que mereciera la pena ocultar y no le debía nada a ninguno de los implicados, excepto a Will. El único detalle que me guardé, al menos por el momento, fue el extraño cambio en la voz y en la expresión de Raum Buker al final de la conversación que habíamos mantenido. No quería dar a Will la impresión de que me alarmaba por nimiedades, aunque podía haberle dado detalles minuciosos sobre los motivos por los que, en casos pasados, había tenido muy buenas razones para alarmarme.
    —¿Crees que el signo en el espejo era una advertencia? —preguntó.
    Estábamos sentados en la cocina. Había hecho él mismo todos los armarios y accesorios de la casa, que era todo un canto a la madera vista. Era un buen artesano, pero al lugar le hubieran venido bien un par de alfombras y algo de color para darle vida. Era como pasar un rato en un féretro sin cojines.
    —Creo que, más bien, alguien quería que Raum supiera que habían registrado su habitación —respondí.
    —Pero ¿por qué?
    —Para hacerle perder los estribos. Quien registró la habitación quizá no encontró lo que buscaba y pensó que un susto podría llevarle a hacer algo que podría revelar su paradero, o quizá quiso recordarle alguna obligación. Admito que es un poco melodramático, pero eficaz. Raum no parecía demasiado contento cuando nos despedimos, y no era solo por mi culpa.
    —¿No lo has seguido para ver adónde iba?
    Los programas y las películas de televisión han hecho que todos se crean especialistas de salón en ciencias forenses y mecanismos de detección. Si aplicaran el mismo principio a las series televisivas de médicos, la mitad de la población estaría dando sabios consejos a los cirujanos durante las operaciones o eliminando a los intermediarios y realizando sus propias amputaciones en su casa.
    —Ese enfoque podría haber sido demasiado evidente —le expliqué—, incluso para mí. Y, hasta el momento, Raum Buker no ha hecho nada malo, aparte de interferir con tu vida amorosa.
    Vi que a Will lo invadía la nostalgia, que luego se tornó en malhumor, como si yo acabara de recordarle de lo que se veía privado ahora que se veía obligado a mantenerse lejos de Dolors Strange.
    —¿Crees que Buker hablaba en serio cuando te ha dicho que había terminado con Dolors y su hermana? —preguntó Will.
    No era exactamente lo que me había dicho Raum, pero los detalles eran bastante irrelevantes, dada la fuente.
    —Basándonos en lo que he visto hasta ahora —dije—, es posible que Raum haya sido sincero, porque tiene miedo y quiere sacárseme de encima, pero si las circunstancias cambian o se le complican las cosas, volverá a acercarse a ellas. Si no a Dolors, sí a Ambar. Podría equivocarme, pero Ambar me parece más vulnerable que su hermana, y es posible que sus sentimientos hacia Raum sean más ambivalentes.
    Will se miró las manos. Eran las de un trabajador, con cicatrices y callos. Probablemente no podía recordar ningún día en que no hubiera acabado con cortes en las manos. Llevaba solo mucho tiempo y quizá había renunciado a encontrar a alguien hasta que entró Dolors Strange en su vida. Ahora había invertido su futuro en ella, pero se veía amenazado por el pasado de la mujer.
    —Me pregunto qué haría yo si estuviera en tu lugar —dijo al fin.
    No era la manera habitual de plantearlo —lo lógico hubiera sido que me preguntara: «¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar?»—, pero entendí el motivo. Will quería saber qué haría yo, como investigador privado, si me hubiera enamorado de una mujer como Dolors Strange y tuviera problemas como consecuencia de ello con un hombre como Raum Buker.
    —Sería franco con Dolors —le dije—. Le diría lo que siento, y que no voy a quedarme mirando y dejar que se enfrente sola a lo que se avecina, porque, Will, tengo la impresión de que algo se avecina. Tendrás que confiar en mí en esto. Dependiendo de lo malo que sea y de hasta qué punto la haya liado Raum, puede sencillamente merendarse a las hermanas Strange o asestarles un duro golpe, pero lo cierto es que están en su camino, por su historia con él.
    —¿Y después? —preguntó.
    —Intentaría averiguar qué ha hecho exactamente Raum —dije—. Y de dónde ha salido ese tatuaje.
    Fue pensando en lo que eso implicaba. Era una persona práctica.
    —Podría ocuparme de algunas cosas, pero no de todo —explicó—. ¿Puedo contratarte para que hagas el resto?
    Contemplé su cara, sus cicatrices, y su casa, carente de toque femenino. Sopesé su pasado, su presente y varios escenarios futuros: solo en uno de ellos no había pesar.
    —Ya lo has hecho —respondí.

 


25

A la mañana siguiente volví al Braycott Arms. Bobby Wadlin continuaba detrás de su escudo de plexiglás y seguía viendo películas de vaqueros. En ninguna de las ocasiones en las que había estado en el Braycott había pillado a Wadlin viendo una película de calidad. Daba la impresión de que eludía deliberadamente los largometrajes que mostraban un mínimo de talento y que prefería las películas malas de serie B y series de televisión aún peores. En una ocasión, incluso le había pillado viendo Dusty’s Trail, que era como La isla de Gilligan para personas con discapacidad mental. Debo reconocer que Wadlin no estaba riéndose, pero eso es como decir que nadie sonríe viendo La lista de Schindler.
    —Buker no está aquí —dijo Wadlin—. No lo he visto desde ayer.
    —¿Ha venido alguien más preguntando por él?
    —Solo tú. Y no puedo volver a darte la llave. Me echarían a la calle.
    —Bobby, si te echan, no tienes más que volver a contratarte. Pero si yo estuviera en tu lugar, te hubiera despedido hace mucho tiempo.
    Permaneció con los ojos fijos en la pantalla y en los hombres muertos que ya se habían convertido en leyenda inmortal.
    —Insultarme no cambiará nada. Sigo sin poder darte esa llave.
    —¿Cuándo le toca pagar el alquiler?
    —Paga por semana, así que lo tiene cubierto hasta mañana.
    Puse mi tarjeta de presentación en la ranura.
    —Llámame cuando vuelva; y si no vuelve, también.
    —No pienso llamarte.
    Decidí que ya estaba bien de tonterías.
    —Bobby.
    Ahora sí miró. Alargó una mano y agarró la tarjeta, como una tarántula que no tiene más remedio que conformarse con una mala presa.
    —No le caes bien a nadie —dijo—, ni siquiera a mí. Y a mí me cae bien todo el mundo.
    Eso dolía, y mientras salía del hotel intenté asimilarlo. No me resultó tan difícil como creía: para cuando respiré el aire de la calle, el dolor ya había desaparecido.


Jo Niles, la funcionaria de libertad vigilada que había trabajado con Raum Buker, se encontraba en su puesto de trabajo cuando me pasé por el Departamento de Instituciones Penitenciarias situado en Park Avenue. Tenía, como mucho, unos treinta años, y es posible que con tacones llegara a alcanzar el metro y medio. El pelo, oscuro, lo llevaba muy corto; tenía las orejas ligeramente en punta y llevaba unas gafas con una gran montura azul. Si prescindíamos de las gafas, podía haber salido de uno de los cuadros que había visto en Strange Brews, posiblemente el óleo grande con la elfa desnuda y el dragón. (Estaba pensando en comprarlo para regalárselo a Angel y Louis, siempre que pudiera entregárselo en persona y estar presente cuando lo desenvolvieran. Era ridículamente caro —lo hubiera sido aunque costara solo diez dólares— pero ¿puede ponerse precio a la felicidad?)
    —Así que eres Charlie Parker —dijo, mientas me sentaba frente a ella—. No sé por qué, pero pensé que serías más alto.
    —Me lo dicen mucho —respondí—, junto con «Pensé que ya estarías muerto».
    —Tenemos que aprender a convivir con la gente que se hace vanas ilusiones. —Abrió una libreta sobre su escritorio—. Chris Attwood me dijo que querías información sobre Raum Buker. ¿Te han contratado para investigarle?
    —Sí.
    —¿Quién?
    —La actual pareja de una de sus antiguas novias.
    —¿Le ha hecho daño Buker?
    —Que yo sepa, no.
    —¿Ha hecho daño a alguna otra persona?
    —Basándome en las probabilidades, diría que sí.
    —Pero no tienes ninguna prueba de que haya cometido ningún crimen.
    —Ninguna.
    —Entonces, ¿qué problema hay?
    —Eso —respondí— es lo que intento averiguar.

 

26

Niles frunció los labios y me miró con severidad a través de los cristales de las gafas. Decidí que, si en algún momento me hallaba en libertad condicional, no quería que ella fuera la encargada de mantenerme controlado. Después de apenas unos minutos en su presencia, ya me encontraba examinando mi conciencia y había decidido que no daba la talla.
    —¿Me estás contestando con evasivas a propósito? —preguntó—. Porque me han dicho que sueles hacerlo.
    —Es un defecto de carácter —admití—. Puede incluso que sea genético. Pero ahora estoy diciéndote la verdad. No tengo ni idea de por qué Raum Buker ha vuelto a Portland. Solo sé que creo que tiene miedo de alguien o a algo. Si puedo averiguar de qué clase de amenaza se trata, podré determinar cómo afecta a los intereses de mi cliente, si los afecta.
    Es posible que Niles sospechara que le estaba mintiendo, en parte o en todo, pero sus preguntas eran, en gran medida, puro teatro. Attwood le había pedido que me ayudara y, además de ser su superior, todo el mundo sabía también que era un buen tipo. Hubiera sido idiota si no le hubiera hecho caso, pero aun así dio un profundo suspiro y arrugó el ceño, solo para hacerme saber cuánto esfuerzo le costaba todo aquello.
    —Raum Buker cumplió íntegramente su condena en Nueva Jersey —explicó—, así que no se aplica la supervisión después de la puesta en libertad. Por lo tanto, no ha sido fácil conseguir información. —Frunció aún más el ceño—. He tenido que ponerme en contacto con una antigua novia mía, cosa que en absoluto me apetecía hacer.
    Saqué una botella de Moët de la bolsa y la puse sobre la mesa. Me había costado cincuenta y cinco dólares en la licorería en Portsmouth, New Hampshire, porque no era un pardillo: como la mitad de las personas del estado de Maine, compraba al otro lado de la frontera todo lo que tuviera un precio superior al del vino en tetrabrik. Había estado guardando el champán para una de esas ocasiones especiales en las que es verdaderamente necesario un incentivo impactante. Para hacer justicia a Niles, logró que desfrunciera el ceño.
    —Tienes clase —comentó—. También me habían comentado eso, aunque a regañadientes.
    —No se lo digas a Attwood. Me sentiría un poco raro regalándole champán, no sé, como si tuviera también la obligación de ponerme un corsé.
    —Será nuestro secreto. No me gustaría sembrar ninguna confusión sobre tu sexualidad. —Metió la botella en un cajón y volvió a sus notas—. Buker compartió celda durante los primeros tres años con dos compañeros de celda distintos, pero durante el resto de su condena estuvo en una celda en solitario.
    —¿Algún motivo?
    —Intervino en una pelea y evitó que le fracturaran el cráneo a un guardia de prisiones. Según mi contacto, Buker, en un intento por proteger a otro preso, paró un par de golpes dirigidos al guardia. Después de eso, trasladaron a Buker y a los demás presos a un módulo de mayor seguridad, por precaución.
    —¿Desencadenó eso inquina o rencor en alguno de ellos?
    —Nada personal —dijo Niles—, o no más allá de lo habitual, porque un guardia siempre es carne de cañón.
    —¿Qué pasó con ese preso implicado?
    —Egon Towle. Salió de la cárcel un mes antes que Raum Buker. Sesenta y tres meses en virtud de la ley Graves. Lo condenaron por ser cómplice en el robo de un establecimiento de compraventa de monedas en Paterson; durante el robo se empleó un arma de fuego, aunque no hubo disparos. La sentencia mínima obligatoria es de cuarenta y dos meses, más un cincuenta por cierto por tener antecedentes, además de quedar descalificado para la libertad condicional.
    —¿Así que también Towle cumplió íntegramente su condena? —pregunté.
    —Así es.
    —¿Era Towle uno de los compañeros de celda de Raum Buker?
    —En realidad, fue el compañero de celda de Buker quien atacó a Towle. Se llamaba Perry Gudex, de Kentucky. Homicidio, diez años. Un fanático religioso, bordeando en la locura.
    —¿Alguna idea de qué pudo haber provocado el altercado entre Gudex y Towle?
    —Por increíble que parezca, la religión. Gudex era un baptista del sur, y Towle..., Towle era lo más alejado a un baptista que se puede ser, del sur o de cualquier otro lado. Defendía su ateísmo de manera agresiva, y le gustaba provocar a Gudex, hasta que este estalló.
    —¿Dónde está ahora Gudex?
    —Sigue entre rejas. Todavía le quedan por cumplir cinco años.
    —¿Y Towle?
    —No lo sé. Como te he dicho, no ha estado bajo supervisión tras su puesta en libertad. Puede ir donde quiera, pero mi contacto me ha dicho que su madre vive en Ossipee, en New Hampshire, y que esa era la dirección que dio cuando lo arrestaron en Nueva Jersey.
    —¿Qué hay del otro compañero de celda de Buker?
    —Clu Angard. Murió de una sobredosis poco después de salir de la cárcel.
    Terminé de escribir. Me gusta tomar notas. Las consulto en escasas ocasiones, pero escribir me ayuda a cimentar los detalles en la memoria.
    —Una cosa más —dijo Niles—. Pedí una lista de los visitantes permitidos para Raum Buker, por si resultaba de ayuda.
    —¿Y?
    —Solo había un nombre en la lista —dijo Niles—. Dolors Strange.