John Connolly 

Las extrañas hermanas Strange

Una novela breve de Charlie Parker exclusiva para la web

Traducción: Mar Rodríguez

 

También disponible en

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Las extrañas hermanas Strange


1

El Great Lost Bear estaba lleno a rebosar como a veces solo pueden estarlo los mejores bares, de tal modo que parecía que los dioses del vino y de la fiesta hubieran elegido esa noche en particular para colmarla de su gracia. Había espacio suficiente para moverse, espacio para sentarse, espacio para hablar sin que oídos ajenos escucharan la conversación y espacio para pedir una bebida en la barra, pero podíamos vernos todos y reinaba el buen humor. Incluso Dave Evans —que solía intentar marcharse antes de que la hora punta nocturna se cerniera sobre ese bar que era de su propiedad desde hacía mucho tiempo— se había quedado hasta tarde porque, en ocasiones, el Bear era, sencillamente, el lugar en el que había que estar.
    Más allá de las paredes del Bear, Portland estaba cambiando. Las ciudades siempre están en fase de transformación, pero quizá a mí no me gustaba tanto la nueva Portland como la antigua. Era lo suficientemente listo como para no intentar negar que eso se debía, en parte, a la edad, a un deseo de conservar, en la medida de lo posible, lo mejor de su pasado, porque sabía cuánto se había perdido ya. En última instancia, somos todos descendientes de la mujer de Lot, incapaces de resistirnos a echar la vista atrás y contemplar lo que nos hemos visto obligados a abandonar, pero, en este caso, no se trataba solo del paso de los años. Había visto cómo aumentaba el descontento entre los lugareños conforme iban alzándose los hoteles en primera línea de mar y su reacción cuando se enteraban de que iban a inaugurar otro de esos restaurantes en los que nunca podrían permitirse comer. En el puerto atracaban grandes cruceros de los que desembarcaban pasajeros indiferentes que compraban camisetas, recuerdos náuticos falsos, y quizá se tomaban un par de cervezas en algún bar con precios abusivos para los turistas, pero a quienes ni se les ocurriría pagar cuarenta dólares por una chuleta. Y sin embargo, alguien comía en esos locales; solo que, cuando eso ocurría, el cliente no era yo, ni nadie que yo conociera. En ocasiones, me daba la impresión de que estaban vendiendo la ciudad a nuestras espaldas y de que, cuando terminara el proceso, quizá se nos permitiría, con un poco de suerte, aplastar la nariz contra el cristal para ver cómo vivía la otra mitad.
    Pero también recordaba esos tiempos en los que Portland era menos próspera y la gente se deslomaba por ganarse la vida entre los decrépitos muelles en la calle Commercial y los solares vacíos de la calle Congress. Los pobres nunca lo habían tenido fácil, y continuarían deslomándose, pero ahora necesitaban dos trabajos para mantenerse a flote y, cuando llegaban los malos tiempos, se iban a pique.
    Esa noche, en el Bear, compartí algunas de estas ideas sentado con Dave Evans, pero no era nada que le resultara nuevo o que no hubiera oído antes de boca de otros hombres más listos que yo.
    —El Maine Extraño— dijo Dave Evans mientras bebía una cerveza negra tan amarga que probablemente derivaba de lo que le dieron a beber a Cristo en la cruz.
    —¿La tienda, o el estado entero?
    —La tienda. Es el indicador, el canario en la mina de carbón. Cuando desaparezca, podremos izar una cruz sobre la ciudad que ha sido y cerrar con llave las puertas del camposanto.
    El Maine Extraño se encontraba en el número 578 de Congress. En esa tienda vendían viejos discos de vinilo, casetes, cedés, cintas de vídeo en VHS, deuvedés y libros de Stephen King de segunda mano junto con videoconsolas obsoletas y juegos de mesa tan poco conocidos que hasta sus creadores habían olvidado que existían. Llevaba abierto desde 2003, pero parecía remontarse a una época muy anterior. No tenía ni idea de cómo lograba sobrevivir, pero de algún modo lo conseguía. Cada vez que pasaba por allí, intentaba dejar algo de dinero en la caja registradora. Mi hija Sam, que ya adoraba los discos de vinilo y prácticamente todo lo que tuviera más edad que ella, creía que era uno de los lugares más atractivos del mundo o, al menos, de Portland.
    —¿Te das cuenta de que parecemos un par de viejos? —le comenté.
    —Has empezado tú.
    —Bueno, hay muchas cosas que empiezo a echar de menos en esta ciudad.
    Fue en ese preciso instante cuando apareció ante mi vista Raum Buker y me di cuenta de que había algunas cosas que no echaba de menos en absoluto.

2

  
Hay hombres que vienen malogrados a este mundo, hombres a los que el mundo decide malograr y hombres que parecen decididos a malograrse a sí mismos y al mundo con ellos. Raum Buker se las había ingeniado para ser los tres casos a la vez, como una ponzoñosa y alterada deidad. Procedía del interior del Condado, como la gente de Maine llamaba a Aroostook, la región más extensa del estado. El padre de Raum, Sumner, había trabajado como limpiador en la base aérea de Loring, que albergaba a los bombarderos B-52 Stratofortress, pero lo despidieron por encender un cigarrillo al lado de un depósito de combustible. Dado que los depósitos de la base de Loring contenían casi cincuenta millones de litros de combustible para aviación y estaban situados junto a más de cinco mil toneladas de artillería, la explosión resultante habría dejado un cráter del tamaño suficiente como para verse desde el espacio. 
    Una vez que le dieron puerta, Sumner Buker decidió que su temperamento no se adecuaba a las restricciones de un empleo regular y que le iría mejor si dedicaba su tiempo a actividades delictivas de poca monta, a beber, a acostarse con cualquier mujer que no fuera su esposa y a fumar donde le diera la real gana. Así que se puso manos a la obra con encomiable celo.
    Sumner no había tomado muchas decisiones sabias durante sus días en la tierra, pero sí eligió a la mujer perfecta para compartir esos días con él. A Vina Buker también le gustaban la bebida y el tabaco, también se acostaba con cualquiera que no fuera su marido, y en una ocasión la habían detenido cuando intentaba llenar una furgoneta de latas de comida y artículos de higiene del supermercado Hannafords, en Caribou, en el que trabajaba como empleada. Sumner y Vina se turnaron para ocupar las celdas de la cárcel del condado de Aroostook en Houlton, lo cual implicaba que uno de ellos siempre estaba en casa para descuidar a su único hijo, Raum. Raum acabó en una casa de acogida y, poco después, su padre vio cumplida una de las ambiciones de su vida y murió en un incendio causado por un cigarrillo inoportuno, llevándose a su esposa con él.
    Así que podría decirse, con cierta justificación, que Raum no había tenido el mejor comienzo en la vida, pero eso le sucedía a muchas personas que después no habían decidido que hubiera que lamentar la firmeza de la mano del médico que los había traído al mundo. Raum Buker se convirtió por elección propia en su peor enemigo y, como las desgracias nunca vienen solas, decidió convertirse también en el peor enemigo de mucha otra gente.

3

Raum Buker había sido un niño enfermizo, pero con más cerebro que sus dos padres juntos, aunque tampoco es que fuera a batir ningún récord. Pasó a formar parte de una buena familia de acogida en un bonito hogar en Millinocket, donde hizo todo lo que estaba en su mano por que sus padres adoptivos lo consideraran un caso perdido. Eso estableció el patrón para el futuro, en el que Raum pasó de un hogar de acogida a otro, cada uno peor que el anterior, hasta acabar recalando en un centro para menores.
    Para cuando alcanzó la edad adulta, Raum ya no era enfermizo e incluso, en un lugar poco iluminado, podía considerársele guapo. También era profundamente deshonesto y tenía un apetito sexual insaciable, con un gusto por la violencia que era profundo a la par que imaginativamente cruel: en una ocasión había utilizado un cepillo de carpintero con un ebanista que le debía dinero y fue rebajándole la piel y las capas superficiales de la carne de nalgas y muslos. La deuda no llegaba a los mil dólares.
    Poco a poco, como la materia fecal por un desagüe, la fuerza de la gravedad fue llevándolo a Portland. Se rodeó de hombres a los que los demás evitaban, y de mujeres que eran demasiado bobas, estaban demasiado desesperadas o demasiado agotadas por los abusos y eran incapaces de tomar mejores decisiones en la vida.
     Y entonces comenzó a correr un curioso rumor. Se decía que Raum Buker mantenía relaciones con dos hermanas, las hermanas Strange. La mayor, Dolors, vivía en South Portland y regentaba una cafetería. (A sus padres no se les daba bien la ortografía y su intención había sido llamarla Dolores. De todos modos, estaba predestinada a terminar con un sobrenombre que sugiriera la idea de «penar», algo que podía haber influido en su trayectoria posterior.) La más joven, Ambar (y no Amber, como debería haber sido en inglés, de modo que ahí había asomado de nuevo la cabeza ese gen de la mala ortografía) vivía en Westbrook, donde trabajaba como auxiliar de dentista. Ambas estaban solteras y, por consenso popular, era muy probable que fueran a quedarse así. Eran mujeres imponentes, de labios tan tirantes y apretados como el cordón de la bolsa de monedas de un avaro. La noticia de que posiblemente las hermanas Strange, como se las conocía, estuvieran acostándose con Raum Buker se acogía con bastante incredulidad combinada con cierto alivio, porque eso implicaba que, en lugar de seis, habría solo tres personas insatisfechas con los consiguientes intercambios carnales.
    También se contaba, pero podría no ser cierto, que las hermanas Strange se habían distanciado y llevaban años sin hablarse. Raum había comenzado acostándose con Dolors antes de —quizá por accidente, pero probablemente con premeditación— llevarse también a la cama a Ambar. Después, fue pasando de la una a la otra durante unos años, en ocasiones dando preferencia a una de ellas, pero, con frecuencia, manteniendo relaciones con las dos al mismo tiempo. Cada una de las hermanas o bien ignoraba la presencia de la otra en la vida de Raum (lo cual era improbable en una comunidad tan pequeña), o bien optaba por tolerar la peculiaridad de la relación para no verse privada de su parte de las atenciones. Eso no quiere decir que estas complicadas relaciones se desarrollaran sin conflictos, y la policía tuvo que acudir en más de una ocasión para lidiar con algún altercado doméstico en Westbrook, South Portland, y en el apartamento de Raum en el East End de la ciudad.
    Pero, como dicen los más sabios, no hay relación perfecta.
    Raum pasó épocas en diversos correccionales; era listo, pero como muchos hombres y mujeres listos, no tanto como creía. Al final, terminó pasando cuatro años en la penitenciaría del estado de Maine por una falta de clase D, que se había convertido en un delito grave por agresión de clase C debido a los agravantes de sus condenas anteriores por allanamiento de morada, amenazas y por atemorizar a otros ciudadanos. Cuando quedó libre, Raum completó sus dieciocho meses en libertad provisional antes de desvanecerse del estado. Su partida solo la lamentaron las personas a las que Raum debía dinero, pero incluso estas estaban dispuestas a comerse las pérdidas a cambio de que se les privara de su miserable compañía.
    A las hermanas Strange nadie les pidió su opinión.
    Ahora, por lo visto, Raum había regresado a Portland.

4

Raum Buker paseó la vista por el bar. Su mirada me pasó por encima antes de regresar y posárseme en la cara como un insecto sobre una ventana recién limpia. Raum y yo ya nos conocíamos. Hacia el final de su último período de libertad condicional, durante el cual trabajó en una pescadería para cumplir una de las condiciones de su libertad, había comenzado a recaer en sus malas costumbres y a mezclarse con peores compañías. Él y un par de sus amiguitos decidieron presionar a los tenderos de más edad de Portland y de South Portland para que los contrataran como ayudantes o guardas de seguridad, a pesar de que en las tiendas no los necesitaban para nada. Y no es que Raum y sus colegas tuvieran intención de aparecer por ahí a trabajar. Obviamente, no; solo era una de las tramas de extorsión por protección más básicas, que probablemente se remonta a la época de las cavernas. 
    El error de Raum fue amenazar a una mujer llamada Meda Michaud, que regentaba una pequeña confitería en una bocacalle de Western Avenue y jugaba al bingo una vez a la semana con la señora Fulci, la adorada madre de los hermanos Fulci. Estos exconvictos con exceso de músculo y faltos de medicación, de gran corazón (si no de oro, sí al menos de plata niquelada), sentían auténtica devoción por su madre y, por extensión, por cualquiera de sus amigas. Intentar extorsionar a Meda Michaud era, a ojos de los Fulci, casi tan inaceptable como acosar a la misma señora Fulci y, por consiguiente, tenían la firme intención de separarle a Raum Buker las extremidades del tórax antes de dárselas de comer a sus socios hasta que se atragantaran con ellas.
    Pero Raum tenía fama de ser algo bruto y de albergar mucho resentimiento. Si los Fulci lo mataban, lo cual era bastante posible, hubieran acabado en la cárcel, aunque los ciudadanos del estado les habrían enviado cestas con pastelitos en Navidad y en su cumpleaños como muestra de agradecimiento. Por otra parte, si no mataban a Raum, era muy probable que este fuera detrás de los Fulci o de sus allegados, una vez que se le hubieran soldado los huesos rotos.
    De modo que, al final, Louis, Angel y yo nos habíamos ofrecido a acompañar a los Fulci, y también a ser los encargados de hablar con Raum, dada la propensión de los hermanos a expresarse con acciones más que con palabras. Nos encontramos con Raum y sus amigos en un tugurio llamado Sly’s, que antaño había formado parte del emporio comercial de Daddy Helms, un hombre que en una ocasión me había rociado de hormigas rojas por haberle roto las cristaleras de uno de sus bares. Daddy Helms llevaba mucho tiempo muerto, avivando con su grasa los fuegos del infierno, pero el Sly’s era un monumento que le hacía justicia, con su oscuridad, su suciedad y su abundancia de bichos infectos, tanto animales como humanos.
    En esa ocasión, invitamos a Raum y a sus chimpancés amaestrados a que salieran para poder mantener una conversación. Cuando se negaron, los Fulci arrastraron por el pelo y las orejas a los chimpancés, y Raum los siguió por su propio pie para mantener intactas su dignidad y la simetría de sus facciones. Dado que queríamos que fuera una charla amistosa, dejamos que Raum encendiera un cigarrillo, aunque Louis se lo hizo saltar de los labios antes de que pudiera darle la primera calada, no se fuera a pasar. Entonces le explicamos la situación. Al principio, Raum se negó a prestar atención, pero se puso a escuchar en cuanto Louis le colocó una pistola en la boca. Es extraño cómo les funciona a algunos el oído.
    Raum podría haberse planteado desafiar a los Fulci, e incluso es posible que sopesara desafiarme a mí, pero no era lo suficientemente estúpido como para enfrentarse a nosotros cinco, especialmente si estaba Louis de por medio. Cuando se decidía a venir a visitarnos desde Nueva York, Louis destacaba en Portland por todo tipo de razones: era alto, negro, vestía bien, era homosexual (aunque nadie se atrevía a preguntar), pero también había hecho cosas que Raum Buker no había hecho jamás, incluyendo algún que otro asesinato. Raum se encontraba de repente ante la presencia de un depredador superior, y eso le atemorizaba. Seguía sin gustarle que le dijeran qué debía hacer, pero eso a nosotros no nos importaba demasiado. Para evitar que cambiara de idea después de que nos marcháramos, dejamos que los Fulci se llevaran a sus colegas a rastras antes de lanzarlos al Kennebec para que se relajaran. Fue el final de los intentos de extorsión de Raum, y poco después abandonó el estado.
    Y ahora ahí estaba, estropeándonos el Bear.
    —Necesitas normas de admisión más estrictas —le dije a Dave.
    —Quizá tengamos que tapiar la puerta por completo.
    Y entonces los Fulci, que habían estado jugando en otra mesa al jenga (ese delicado juego que también se conoce como «el tembleque»), vieron a Raum Buker.


5

Algunos hombres de gran envergadura pueden desplazarse a gran velocidad cuando se irritan, lo cual los vuelve doblemente peligrosos en los espacios cerrados. Poseen una elegancia innata, como si el fantasma de un bailarín se hubiera alojado en sus huesos. Verles pelear es como presenciar un ballet rebosante de violencia, en el que todos los cisnes quedan inconscientes en el suelo cuando cae el telón.
    Los hermanos Fulci no eran de ese tipo de hombres. Más bien, parecían locomotoras antiguas, porque tardaban un poco en ganar velocidad, pero, una vez que arrancaban, no era aconsejable interponerse en su camino.
    La primera señal del inminente desastre fue el sonido de las fichas de jenga esparciéndose por el suelo del Bear, seguidas de, al menos, una mesa y varias sillas. Para cuando Dave y yo nos levantamos, Paulie Fulci ya estaba casi encima de Raum, con su hermano pisándole los talones. Pensándolo bien, tuvimos suerte de que todavía estaban acelerando cuando los alcanzamos, porque pudimos frenarles antes de que pusieran las manos encima de su presa. Raum los había visto venir y parecía que estaba a apenas unos segundos de subirse a la barra para escapar, lo que no lo hubiera salvado, porque los Fulci, sencillamente, habrían arremetido contra ella sin reducir ni un ápice la velocidad. Agarré a Tony Fulci con más fuerza, Dave rodeó a Paulie con el otro brazo, y un par de camareros demostraron una valentía llena de inconsciencia al interponerse entre Raum y los hermanos Fulci, como unas versiones occidentales del tipo aquel que permaneció en pie frente a los tanques en la plaza de Tiananmen.
    —¿Qué mierda hace aquí? —preguntó Paulie.
    No me pareció que dirigiera la pregunta a nadie en particular, aunque podía habérsela dirigido al mismísimo Dios, echándole en cara el Divino error de no haber borrado a Raum Buker de los anales. Los Fulci creían ciegamente en Dios, aunque este mantenía un decidido mutismo sobre el tema de la devoción que los hermanos Fulci sentían por él. Cosa, ciertamente, muy natural.
    —Eso —secundó su hermano, aunque Tony se dirigía claramente a Raum, no a Dios, porque su versión también incluía las palabras «tú» e «hijo de puta abusaancianos».
    Dado que Raum era un imbécil, ignoraba cuándo convenía mantenerse callado, o quizá no sentía la necesidad de hacerlo, ahora que tenía la impresión de que los Fulci estaban bajo control. Ya había comenzado a soltar improperios y vi que se había comprado unos dientes nuevos. Eran grandes y muy blancos, y le daban el aspecto de un anuncio de chicles. Si hubiera sabido lo endeble que era mi agarre de Paulie Fulci, habría sido bastante menos locuaz. Por un instante, tuve incluso la tentación de dar rienda suelta a Paulie, pero no quise ser responsable de que algún camarero se convirtiera en daños colaterales.
    —No vale la pena pasar una noche en una celda —les dije a los Fulci. 
    —Sí, sí vale la pena — me contestó Tony.
    Y, para ser sincero, al mirar a Raum Buker pensé que posiblemente Tony tuviera razón.

6

Nos llevó algún tiempo conseguir que los Fulci se calmaran un poco y pasaran de estar muy enfurecidos a ligeramente irritados, y para entonces Raum ya se había pedido una cerveza y había encontrado un lugar más seguro cerca de los lavabos.
    —No debiste haberlo dejado entrar —se quejó Paulie a Dave.
    Tony estaba ayudando a Paulie a ponerse la chaqueta, dado que Paulie era más sensible que su hermano y no quería estar a tiro de Raum, lo cual decididamente era aconsejable.
    —No es que le haya puesto la alfombra roja, Paulie —le explicó Dave—. Cuando me he dado cuenta de que había entrado, ya estaba ante la barra.
    — Ya, bueno, pues podías haber previsto esa eventualidad.
    — No soy adivino —protestó Dave.
    — Pues encuentra uno —sugirió Paulie— y ponlo de portero.
    Tony le dio a su hermano unas palmaditas en la espalda. Solo en compañía de Paulie podía parecer Tony, en ocasiones, una persona lúcida y razonable. Tenía menos paciencia que Paulie, cosa de por sí bastante difícil, pero últimamente, en los periodos de más calma, daba muestras de cierta racionalidad.
    —Este lugar es importante para nosotros —explicó Tony—. Es como nuestro segundo hogar.
    Dave dio un respingo al oírlo, pero lo dejó pasar. En lo más profundo de su ser, Dave deseaba ardientemente que los Fulci encontraran otro lugar al que considerar su segundo hogar. Es posible que añadieran colorido al Bear, pero si algún color añadían era, principalmente, el rojo púrpura de la hipertensión arterial del dueño del bar.
    Vimos cómo se marchaban los Fulci. Uno de los empleados se puso a recoger las fichas de jenga y los cristales de las copas hechas añicos, mientras otro intentaba comprobar si la mesa de los Fulci tenía arreglo.
    —Quizá hable con Raum —le comenté.
    —Lo mandaré a casa cuando termines —dijo Dave.
    —Ya me encargo yo.
    —No hace falta, puedo ocuparme de mi propio bar.
    — Considéralo un favor —le dije—, por ti y por los Fulci.
    Dave asintió. Siempre nos habíamos llevado bien, Dave y yo, y seguiríamos haciéndolo.
    Me dirigí hacia donde estaba sentado Raum. Ahora que se había quitado la chaqueta, vi que, durante el tiempo que había pasado fuera del estado, le había aumentado la musculatura. También había añadido algún tatuaje a los que se había hecho en la cárcel. Ninguno de ellos era bueno, excepto uno que representaba un intricado pentáculo, un pentagrama rodeado por un círculo, con símbolos de runas, que todavía se veía enrojecido e irritado en la parte interior de su brazo izquierdo.
    —¿Tienes un momento, Raum?
    Estaba bebiendo una cerveza embotellada bastante mala. Podía haber conseguido esa cerveza en cualquier bar de la ciudad, pero en lugar de eso había elegido venir al Bear, uno de los mejores bares de cervezas artesanales del país, que solo servía esas marcas de cerveza a los ignorantes que no sabían escoger mejor o que habían dejado de experimentar el día de su boda. El Bear no era siquiera uno de los locales que había frecuentado Raum cuando vivía en la ciudad. Por eso me pregunté si había hecho el viaje hasta aquí solo para molestar a los Fulci.
    —Claro —respondió—. Pilla una silla. Desembucha.
    —Prefiero quedarme de pie.
    —De acuerdo. Solo lo he dicho por educación.
    Bostezó y, al hacerlo, mostró orgulloso sus brillantes dientes nuevos. La última vez que lo había visto, parecían Dresde en ruinas.
    —¿Cuándo has vuelto a la ciudad?
    —Hace unos días.
    —¿Has estado en algún sitio interesante estos años?
    —He estado por ahí.
    —Por ahí..., ¿por la cárcel?
    —Quizá.
    Y la mano derecha se le fue casi de forma inconsciente al tatuaje del pentáculo.

7

La mirada voraz de Raum Buker se posó en una joven que salía de los lavabos. A la chica no pareció complacerle el interés que Raum le mostraba, y nadie hubiera podido echárselo en cara. Di una patada a la suela de la bota de Raum para que volviera a prestarme atención. No le gustó, pero se limitó a hacer una mueca.
    —¿Piensas quedarte por Portland? —pregunté.
    —¿Por qué?, ¿necesitas compañía? Deja que te diga una cosa: durante todo el tiempo en la trena, no me lo hice con ningún tío, y no voy a estrenarme contigo.
    —No has respondido a mi pregunta.
    —Porque todavía no lo he decidido.
    —Deja que te eche una mano —le dije—. Es la segunda vez que impido que los Fulci te hagan pedazos. No habrá una tercera.
    —¡Vaya, aquí dirigiendo el cotarro! ¿Todavía dejas que esos bestias te hagan el trabajo sucio?
    —No te equivoques, tú eres su trabajo sucio. Del mío me ocupo yo.
    —¿Y qué pasa con los dos maricas de Nueva York? ¿Has dejado ya de aprovecharte de ellos?
    —Has cambiado, Raum —repliqué—. No recuerdo que fueras tan valiente cuando intentabas timar a ancianas y Louis se vio obligado a ponerte una pistola en la boca para que dejaras de hacerlo.
    —Lo recuerdo —dijo Raum—. Lo tengo bien archivado, para que me sirva de referencia en el futuro.
    —Me aseguraré de hacérselo saber a Louis. Le llenaste de babas una pistola nueva y reluciente. La próxima vez se traerá una vieja, no vaya a ser que tenga que comprobar la calidad de tu dentadura. Entretanto, no vuelvas más por aquí. Este lugar no es para ti.
    Raum dejó la botella, todavía medio llena, en la mesa. Se levantó para estirar los músculos, como un boxeador esperando que sonara la campana.
    —De todos modos, ya me iba. Como dices, esto no es para mí. —Me apuntó con el dedo—. Pero quizá más tarde se crucen nuestros caminos, en un lugar más adecuado para mí, un sitio agradable y oscuro, donde no tengas a tus amigos para guardarte las espaldas.
    —¿Solos tú y yo, Raum? —pregunté—. Claro, me encantará celebrar esa victoria.
    Raum sonrió, y en algún lugar murió un cachorrito.
    —Oh, no —dijo—. He aprendido mucho estos últimos años. Cuando nos encontremos, tú estarás solo, pero mis amigos estarán conmigo.
—Tú no tienes amigos —repliqué—, excepto los imaginarios, y esos no sirven para pelear.
    — Ya lo veremos cuando llegue el momento.
    No había más que hablar. Ese hombre había dejado de ser interesante el día en que nació.
    —Cuídate, Raum —dije—. No me gustaría que te pasara nada.


Volví a Scarborough conduciendo bajo la lluvia. Un camión se había quedado cruzado en la Ruta 1 tras derrapar y el tráfico estaba colapsado, así que me dediqué a escuchar a Dark Wave en Sirius mientras contemplaba el espectáculo de las luces giratorias de la policía. Dark Wave terminó con una canción de The Smiths, pero yo ya no podía escuchar de la misma forma a ese grupo, no desde que Morrissey se había convertido en una de las personas a las que él mismo solía despreciar, así que apagué la radio y seguí conduciendo hasta casa en silencio. 
    Más tarde, con la única compañía de las sombras, me pregunté cómo había conseguido irritarme Raum Buker con tanta rapidez. Ese tipo era una malévola anomalía evolutiva, pero nada más. Las cárceles estaban llenas de gente como él, y también los cementerios, dado que la naturaleza siempre encuentra la manera de eliminar las anomalías del rebaño.
    Pero la experiencia me había enseñado a no pasar por alto esa inquietud que me embargaba. En el pasado, cuando no le había hecho caso, me había equivocado. Cuando había prestado atención, me había preparado mejor para lo que se avecinaba.
    Así que dibujé mi propio círculo en torno a Raum Buker, aislando el pentagrama del resto de la figura, y me dispuse a esperar que empezaran los problemas.

 

8

No volví a ver a Raum Buker hasta algún tiempo después, lo que no me importó en absoluto. Acepté algunos trabajos rutinarios que pagaban las facturas, como la confirmación de un sencillo caso de fraude al seguro, la entrevista de posibles testigos para un juicio próximo o el seguimiento de una esposa descarriada. (Roby Logan, que había sido investigador privado en Bangor en los años sesenta y setenta, me dijo alguna vez que la peor desgracia que le había ocurrido al oficio había sido la introducción de la ley del divorcio amistoso allá por el año 1973. Después de eso, me aseguró, ya no pudo comprarse un coche nuevo cada año). No le disparé a nadie y nadie me disparó a mí.
Cada noche me daba un baño caliente, porque el cuerpo me dolía más de lo que solía y darme un baño me aliviaba. Después, me miraba al espejo, veía las cicatrices y me preguntaba cuán profundas eran. En ocasiones, pensaba en cómo me las había hecho. Se afirma que la mente entierra la memoria del dolor para seguir viviendo, pero no es verdad. Lo mismo se dice con respecto a las mujeres y los partos, pero conozco a muchas mujeres, incluyendo a mi antigua pareja, Rachel, para las que el dolor del parto continuaba intacto incluso años después de haber dado a luz. Todavía podía recordar la agonía de los disparos de escopeta que casi me habían quitado la vida; que, de hecho, según los médicos, me habían quitado la vida, porque había fallecido en la mesa de operaciones y me devolvieron a la vida, no una vez ni dos, sino en tres ocasiones. Con frecuencia me despertaba en mitad de la noche sintiendo cómo me atravesaban los perdigones y, a veces, moría de nuevo.

En un helado día de enero, emprendí en coche el largo viaje para visitar las tumbas de Susan, mi mujer, y de Jennifer, mi primera hija. Había contratado a alguien para que limpiara su lápida e hiciera desaparecer el musgo que cubría las letras grabadas. La piedra parecía casi nueva, así que por un instante volví a ser un hombre joven que veía como la mano de un artesano me confirmaba su muerte. El dolor se había amortiguado, pero nunca iba a desaparecer, y así debía ser. Algún día, mucho después de que yo me haya ido, los elementos borrarán por completo sus identidades o la lápida caerá y la cubrirá la vegetación. Así son también las cosas. No serán las primeras que caen así en el olvido. Es un viejo cementerio y sus nombres, sencillamente, se añadirán a la lista oculta de los olvidados.
Pero yo no estaré en esa lista; al menos, no en la de ese lugar. Había decidido hacía mucho tiempo que no iba a descansar ahí. Produciría demasiado dolor a los miembros supervivientes de la familia de Susan, y a sus ojos ya era responsable de suficientes desgracias. En última instancia, no importará demasiado dónde repose; he escogido que me entierren al lado de mi abuelo, en el cementerio Black Point de Scarborough, aunque solo sea para evitar que alguien tenga que molestarse en tomar la decisión en mi nombre. Sé que volveré a ver a Jennifer en la otra vida; quizás también a Susan, pero decididamente a Jennifer.
Lo sé, porque a veces continúo entreviéndola también en esta vida. Se me aparece y agradezco su presencia.
La mayoría de las veces.

9

Aproximadamente una semana después del incidente en el Great Lost Bear, un policía de South Portland me contó algunos rumores que afirmaban que Dolors Strange podía haber vuelto a ocupar la cama de Raum Buker. Días más tarde, otra persona me comentó que habían visto a Raum comiendo almejas al vapor con Ambar Strange en el Old Port. Cuando me pasé por el restaurante para comprobar la veracidad de la historia, el chaval que le había servido la mesa no pudo decirme con seguridad si la compañera de mesa de Raum respondía a la descripción de Ambar Strange. Sin embargo, sí se acordaba de Raum, sobre todo por sus dientes demasiado blancos y por la propina que había dejado, en efectivo. El Raum Buker que yo conocía nunca se había distinguido por su generosidad, ni económica ni espiritual. Parecía que había entrado en posesión de bastante dinero. 
Por último, y lo más raro de todo, alguien había visto a Raum jugando a los bolos con ambas hermanas Strange en el 33 de Elmwood, en Westbrook. Esta vez no cabía duda alguna de la veracidad del avistamiento, porque los tres aparecían claramente en la grabación de las cámaras de seguridad del bar. Incluso parecían estar pasándoselo bien, o casi, dado el porte de natural melancólico de las hermanas Strange y la indudable participación de Raum en ese cambio.
Hablé sobre Raum Buker y las hermanas Strange con Angel y Louis cuando se acercaron hasta Portland desde Nueva York a pasar unos días. Desde la enfermedad de Angel, habían comenzado a pasar cada vez más tiempo aquí. Su apartamento en Eastern Promenade tenía unos grandes ventanales que daban a la bahía Casco Bay y la visión del mar era un bálsamo para su espíritu. Si Angel estaba feliz, también lo estaba Louis. Les pasa a algunas parejas conforme van haciéndose mayores. Ahorra muchos problemas.
Hace muchos años que conozco a Angel y a Louis. El modo en que nos conocimos..., bueno, esa es otra historia, pero me habían apoyado después de que se hubieran llevado a Susan y a Jennifer, y continuaron apoyándome en los años siguientes. Yo también les había apoyado, y algunas personas se preguntaban por qué un antiguo policía que se había convertido en investigador privado frecuentaba la compañía de dos criminales, uno de ellos, Angel, un ladrón, y el otro, Louis, un segador de hombres, el último de los Hombres de la Guadaña. Esas personas eran lo suficientemente sensatas como para callarse su opinión mientras alguno de nosotros pudiera oírla.
   —¿Por qué Buker? —preguntó Angel, mientras comía pollo frito en salsa de miel en el CBG, en la calle Congress—. Después de todo, creo que no te han contratado para controlarle.
CBG se había llamado antes Congress Bar and Grill y, antes de eso, Norm’s. Para provocar algo de confusión del inescrutable modo en el que solo los establecimientos de bebidas de Portland pueden hacerlo, el antiguo Norm’s había seguido abierto en un local en la otra acera de la calle. Ese lugar se llama ahora Downtown Lounge, aunque los clientes más antiguos todavía le llaman a veces Norm’s, y lo hacen incluso después de que haya abierto el nuevo Norm’s justo enfrente. Así era como la gente que se citaba en Portland a veces no llegaba a encontrarse.
   —No lo sé —contesté—, pero os juro que por la noche, antes de irme a dormir, oigo cómo se le mueven los engranajes. Es como una bomba a punto de estallar...
   —No me pareció gran cosa la última vez que lo vi —interrumpió Louis—. Aunque recuerdo que en ese momento estaba intentando hablar con la boca llena.
   —Creo que le ha quedado el sabor de tu pistola —comenté—. Me hizo partícipe de algunos sentimientos poco piadosos respecto a ti.
   —¿Qué sentimientos?
   —Me sonrojaría si tuviera que repetírtelos, pero digamos sencillamente que no le caen bien los homosexuales.
Louis sopesó el problema.
   —Puede que solo necesite que le eduquen un poco —indicó—. Ya sabes, que le animen a pensar de otra forma. Refuerzo positivo.
   —¿Estás sugiriendo utilizar el método de la zanahoria y el palo?
   —No —aclaró Louis—, solo el del palo.
   —¿Un palo en forma de revólver?
   —Quizá.
   —O podemos mantenernos alejados de él —interrumpió Angel— y dejar que los acontecimientos sigan su curso.
Louis y yo nos quedamos mirándole.
   —Vaya, qué tontería he dicho —se lamentó Angel—. ¿En qué estaría pensando?
Y continuamos comiendo.
Pero los acontecimientos siguieron su curso, como acostumbran. En pocos días, Raum Buker volvería a mi vida, pero eso no era lo malo.
Raum Buker podía haber sido un hombre despreciable, pero el que lo siguió era infinitamente peor.